Campaña sin propuestas, democracia sin sustancia

El 22 de marzo debería definirse por la calidad de las propuestas y la credibilidad de los liderazgos, no por la eficacia de la campaña negativa

A menos de tres semanas de la cita electoral del 22 de marzo, la campaña en Tarija comienza a mostrar señales preocupantes. El tono se ha vuelto áspero, las descalificaciones personales ocupan más espacio que las ideas y la llamada “guerra sucia” parece rendir más titulares que cualquier plan de gobierno.

No es una novedad que las contiendas electorales eleven la temperatura política. Lo que sí debería alarmarnos es que el debate de fondo —qué hacer con la economía departamental y municipal, cómo generar empleo, cómo mejorar servicios, cómo ordenar la gestión pública— esté quedando relegado a un segundo plano.

En lugar de contrastar programas, cifras y prioridades, abundan los ataques ad hominem, la difusión de rumores y la explotación de aspectos privados que poco o nada tienen que ver con la idoneidad para ejercer un cargo público. Esa deriva empobrece la discusión democrática y, lo que es peor, desalienta al electorado.

El ciudadano no necesita saber quién gritó más fuerte ni quién lanzó la acusación más ingeniosa en redes sociales. Necesita claridad sobre cómo se enfrentarán los problemas estructurales de Tarija: la caída de ingresos, la necesidad de diversificación productiva, la crisis de empleo juvenil, la presión sobre los servicios básicos y la sostenibilidad fiscal de las instituciones.

Ganar una elección a cualquier costo puede ser una victoria táctica, pero es una derrota estratégica para la institucionalidad.

Hasta ahora, las propuestas concretas son escasas o difusas. Se habla en generalidades, se prometen soluciones amplias sin explicar financiamiento ni plazos, y se evita el debate técnico que permitiría comparar alternativas con seriedad.

Tarija no atraviesa una etapa cualquiera. El departamento enfrenta restricciones presupuestarias, desgaste institucional y una ciudadanía cada vez más escéptica frente a la política. En ese contexto, banalizar la campaña con ataques personales es un lujo que no podemos permitirnos.

Los candidatos y sus equipos tienen la responsabilidad de elevar el nivel. Eso implica comprometerse con debates públicos, presentar planes verificables, transparentar equipos técnicos y explicar cómo convertirán las promesas en políticas ejecutables. También implica marcar límites claros frente a la desinformación y a las prácticas que erosionan la convivencia democrática.

Ganar una elección a cualquier costo puede ser una victoria táctica, pero es una derrota estratégica para la institucionalidad.

Una democracia madura no premia al más estridente, sino al más convincente. El 22 de marzo debería definirse por la calidad de las propuestas y la credibilidad de los liderazgos, no por la eficacia de la campaña negativa.

El electorado tarijeño ha demostrado en múltiples ocasiones que sabe castigar la soberbia y valorar la coherencia. Pero para poder elegir con criterio necesita información sustantiva, comparaciones claras y compromisos públicos medibles.

Es momento de corregir el rumbo. Que la campaña recupere la altura que exige el desafío departamental. Que las diferencias se expresen con firmeza, pero con respeto. Y que, finalmente, gane quien mejor haya sabido interpretar y responder a las necesidades reales de Tarija.

Porque en esta elección no solo se disputan cargos: se define el tono de nuestra convivencia política para los años que vienen.


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