8 de marzo: igualdad real para un país más fuerte

El 8 de marzo no debe agotarse en consignas. Debe traducirse en compromisos concretos. La igualdad no es un favor. Es una condición para que el país despliegue todo su potencial

Cada 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer nos convoca a reflexionar sobre derechos, avances y deudas pendientes. En Bolivia, como en buena parte de América Latina, la conversación suele centrarse —con razón— en la violencia. Pero existe una raíz estructural que a menudo se analiza menos y que resulta determinante: la desigualdad económica.

La violencia no surge en el vacío. Se alimenta de relaciones de dependencia, de brechas salariales, de informalidad forzada, de la dificultad para acceder a empleos de calidad y de la sobrecarga desproporcionada de tareas de cuidado. Cuando una mujer no tiene autonomía económica, su margen de decisión se reduce y su vulnerabilidad aumenta. Por eso hablar de empleo femenino no es un asunto sectorial; es una cuestión de justicia y de desarrollo.

En Bolivia, las mujeres presentan mayores tasas de informalidad, ingresos promedio más bajos y una participación concentrada en sectores tradicionalmente precarizados. A ello se suma la doble jornada: trabajo remunerado y trabajo doméstico no remunerado, este último todavía invisibilizado en las cuentas nacionales.

En Tarija, donde el debate sobre el modelo productivo y el futuro postgasífero está sobre la mesa, este punto es central. No habrá diversificación económica sólida si la mitad del talento disponible enfrenta obstáculos adicionales para insertarse, emprender o ascender. La competitividad regional depende también de cuánto aprovechemos el potencial de nuestra fuerza laboral femenina.

Hablar de igualdad real implica aceptar que el punto de partida no es el mismo. Por eso las políticas de discriminación positiva no deben entenderse como privilegios, sino como instrumentos temporales para corregir desventajas históricas. Cuotas en determinados espacios de decisión, incentivos a la contratación femenina en sectores estratégicos, acceso preferente a crédito productivo o programas específicos de capacitación tecnológica son herramientas legítimas cuando buscan equilibrar el terreno.

No se trata de sustituir mérito por género. Se trata de garantizar que el mérito pueda desplegarse en condiciones equivalentes. La igualdad formal ante la ley ya existe; el desafío es convertirla en igualdad efectiva en el mercado laboral.

El otro gran eje es la conciliación. Sin políticas públicas de cuidado —guarderías accesibles, horarios laborales flexibles, corresponsabilidad parental real— la carga seguirá recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres. El tiempo es un recurso económico. Cuando una parte de la población lo destina casi en exclusiva a tareas no remuneradas, la desigualdad se perpetúa.

Invertir en un sistema de cuidados no es gasto asistencial: es política productiva. Permite que más mujeres trabajen, emprendan o se formen; amplía la base tributaria; dinamiza el consumo; fortalece el tejido social.

Tarija y Bolivia serán más prósperas cuando la fuerza laboral femenina pueda competir en igualdad de condiciones. No es solo una demanda ética; es una estrategia de desarrollo. Las economías que integran plenamente a las mujeres crecen más, innovan más y distribuyen mejor sus oportunidades.

El 8 de marzo no debe agotarse en consignas. Debe traducirse en compromisos concretos: reducir brechas salariales, formalizar empleo, facilitar acceso al crédito, ampliar cobertura de cuidados y promover entornos laborales libres de acoso y discriminación.

La igualdad no es un favor. Es una condición para que el país despliegue todo su potencial. Y ese potencial, en buena medida, tiene rostro de mujer.


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