Paz y Trump

El respeto en política internacional se gana demostrando que el diálogo es posible, pero que la soberanía no está en oferta

Este sábado 7 de marzo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha convocado en Miami a varios mandatarios latinoamericanos considerados afines a su administración. Entre los confirmados se encuentra el presidente boliviano, Rodrigo Paz, quien ha manifestado su intención de asistir.

La cita se produce en un contexto internacional particularmente áspero: intervenciones, guerras, amenazas… Washington ha endurecido su discurso comercial, migratorio y de seguridad, mientras la comunidad internacional oscila entre la cautela y la fragmentación. Las relaciones hemisféricas ya no se mueven únicamente por afinidades ideológicas, sino por intereses geoestratégicos y económicos cada vez más explícitos.

En ese tablero, las asimetrías son evidentes.

Toda instancia de diálogo internacional puede ser, en principio, una oportunidad. Bolivia parece necesitar inversión, acceso a mercados, cooperación tecnológica y respaldo financiero en un momento de restricciones severas. Negarse a conversar aparentemente no es una opción responsable, aunque hay cuestiones de dignidad y soberanía que resguardar: conversar no equivale a conceder.

La actual administración estadounidense ha demostrado una diplomacia directa, exigente y poco inclinada a las sutilezas multilaterales. En ese escenario, los países con menor peso relativo deben actuar con especial prudencia. No se trata de temor, sino de cálculo estratégico.

Cuando las urgencias económicas aprietan —divisas escasas, necesidad de financiamiento, presión social— la tentación de aceptar condiciones desventajosas puede crecer. Y es precisamente en esos momentos cuando más firme debe ser la defensa del interés nacional.

Cuando las urgencias económicas aprietan —divisas escasas, necesidad de financiamiento, presión social— la tentación de aceptar condiciones desventajosas puede crecer

Bolivia posee recursos estratégicos, ubicación geográfica clave y un potencial energético y productivo todavía subexplotado. También enfrenta fragilidades estructurales que la colocan en posición vulnerable frente a actores globales con agendas definidas.

Entrar a una negociación sin claridad de objetivos, sin líneas rojas previamente establecidas y sin respaldo técnico sólido sería un error. Más aún si el encuentro se desarrolla en un entorno político diseñado por quien convoca y fija el tono.

La política exterior no puede improvisarse ni guiarse por gestos de proximidad personal. Requiere estrategia de Estado, consensos mínimos internos y lectura fina del equilibrio de poder internacional.

El presidente Rodrigo Paz tiene la responsabilidad de representar a un país con muchas urgencias, pero también con dignidad. La prudencia no es debilidad; es inteligencia política.

Asistir a la reunión – aunque más parezca una invitación personal que institucional - puede ser una decisión legítima. Lo que preocupa no es tanto la presencia, como las condiciones. Bolivia no puede “meterse en la boca del lobo” sin antes medir las consecuencias de cada palabra y cada compromiso. Tampoco puede entregar ventajas estratégicas al primer actor dominante que golpee la mesa con más fuerza. Nadie en el continente, salvo Javier Milei, lo está haciendo.

En tiempos de liderazgo internacional confrontacional y exigente, la serenidad es una virtud. Que la agenda boliviana esté claramente definida, que los intereses nacionales no se diluyan en promesas apresuradas y que cualquier acuerdo sea transparente y equilibrado.

Bolivia necesita aliados, sí. Pero necesita, sobre todo, respeto. Y el respeto en política internacional se gana demostrando que el diálogo es posible, pero la soberanía no está en oferta.


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