San Jacinto: acuerdos para que vuelva a brillar
Regularizar donde sea posible, reconvertir donde sea necesario y clausurar solo cuando no exista alternativa técnica o legal
El Lago San Jacinto no es solo una postal. Es memoria colectiva, economía popular y uno de los pocos espacios donde Tarija se reconoce a sí misma sin protocolos. Por eso duele verlo en horas bajas: menos visitantes, locales semivacíos y una sensación de incertidumbre que se instaló tras el fallo agroambiental y el retiro de plataformas flotantes que, efectivamente, siempre fueron un peligro.
La resolución judicial marcó un punto de inflexión. Las observaciones sobre descargas de aguas residuales, falta de licencias y ausencia de derecho propietario no pueden minimizarse. El cuidado ambiental y la salud pública no son opcionales. Pero tampoco lo es la protección del empleo y de la inversión de decenas de familias que han hecho de San Jacinto su sustento durante años.
El error histórico ha sido permitir que el desorden crezca hasta convertirse en norma. Cuando la informalidad se consolida durante años, cualquier intento de corrección parece abrupto. Sin embargo, el camino no puede ser ni la demolición indiscriminada ni la tolerancia indefinida.
Las autoridades departamentales han señalado que demoler sería inviable por el impacto económico. Esa afirmación abre una puerta: si destruir no es solución, entonces el desafío es regularizar con reglas claras, plazos razonables y exigencias técnicas verificables. Pero esta vez de verdad y no “como siempre”.
San Jacinto necesita un marco normativo específico que ordene el uso del suelo, establezca estándares obligatorios de tratamiento de aguas, manejo de residuos, manipulación de alimentos y control vehicular. Y necesita que ese marco sea construido con participación de los propietarios, del municipio, de la Gobernación y de instancias ambientales.
Tarija necesita que su lago vuelva a ser espacio de encuentro familiar, paseo dominical y vitrina gastronómica
Más allá del litigio jurídico, el visitante percibe problemas concretos: basura desbordada, perros entre mesas, dudas sobre la inocuidad de los alimentos, accesos caóticos. La experiencia turística no se sostiene solo con buena gastronomía o identidad chapaca; se sostiene con confianza.
Reforzar controles sanitarios, capacitar al personal, mejorar infraestructura básica y establecer un sistema permanente de fiscalización no debe entenderse como castigo, sino como inversión en reputación. Un destino popular puede y debe cumplir estándares mínimos de calidad.
El turismo de cercanía, ese que sostiene la economía local cada fin de semana, es especialmente sensible a la percepción de seguridad e higiene. Recuperarla es tarea compartida.
San Jacinto atraviesa una transición. Puede convertirse en ejemplo de cómo ordenar sin destruir, o en símbolo de cómo los conflictos mal gestionados terminan apagando motores económicos.
Instamos a las partes a sentarse, acordar y calendarizar soluciones. Regularizar donde sea posible, reconvertir donde sea necesario y clausurar solo cuando no exista alternativa técnica o legal. La rigidez absoluta y la permisividad total son extremos igualmente dañinos.
Tarija necesita que su lago vuelva a ser espacio de encuentro familiar, paseo dominical y vitrina gastronómica. Con reglas claras, controles efectivos y compromiso de los propios operadores, es posible.
San Jacinto no debe ser escenario de confrontación permanente. Debe volver a ser lo que siempre fue: un lugar para disfrutar con seguridad, orgullo y futuro.


