El desafío nacional de las telecomunicaciones
La conectividad en Bolivia sigue siendo un privilegio, no un derecho universal.
Cada 17 de mayo, el mundo conmemora el Día Mundial de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información, una fecha que nos invita a reflexionar sobre el impacto de la tecnología en nuestras vidas y los caminos que debemos recorrer para cerrar las brechas digitales. En Bolivia, esta jornada adquiere una relevancia particular, marcada por un desarrollo desigual, promesas incumplidas y un sistema de telecomunicaciones que aún no responde plenamente a las necesidades del siglo XXI.
En un país con una geografía desafiante y una diversidad cultural tan rica como compleja, el acceso equitativo a la información debería ser una prioridad estatal. Sin embargo, la realidad es otra. Según datos recientes, aún existen comunidades rurales y zonas periurbanas sin cobertura de internet o con una conectividad tan precaria que limita cualquier posibilidad de inclusión digital efectiva. Mientras tanto, en las ciudades, la calidad del servicio deja mucho que desear frente a los costos elevados que paga la ciudadanía.
Los avances logrados en las últimas décadas no pueden negarse: el crecimiento en la cobertura de redes móviles, la expansión de la fibra óptica en zonas urbanas, o la creciente digitalización de servicios públicos son señales de progreso. No obstante, estos logros no deben cegarnos ante los desafíos estructurales. La desigualdad en el acceso y uso de las tecnologías sigue siendo profunda, y se traduce en exclusión educativa, limitaciones productivas y falta de oportunidades laborales para miles de bolivianos.
Miles de bolivianos aún viven sin acceso a internet o con conexiones tan deficientes que perpetúan la exclusión digital.
En este panorama, el rol de ENTEL merece un análisis especial. Como empresa estatal, tiene una responsabilidad pública que va más allá de la rentabilidad: debería ser motor de inclusión digital y garante de acceso igualitario. Sin embargo, sus inversiones en infraestructura no siempre se han orientado estratégicamente a cerrar las brechas territoriales, y la calidad de su servicio, especialmente en regiones alejadas, sigue generando quejas frecuentes. A pesar de su potencial para liderar un cambio profundo, su gestión ha estado marcada por decisiones políticas más que por una visión técnica de largo plazo. ENTEL podría ser un pilar de democratización digital, pero necesita mayor transparencia, eficiencia y compromiso con la ciudadanía.
Además, el monopolio de facto que ejercen ciertos operadores de telecomunicaciones y la falta de una regulación efectiva y transparente por parte del Estado han contribuido a consolidar un mercado con escasa competencia, baja inversión en innovación y una calidad de servicio que rara vez mejora. El rol de la Autoridad de Regulación y Fiscalización de Telecomunicaciones y Transportes (ATT) debería ser más activo y comprometido con el usuario, garantizando que el derecho a la conectividad no dependa del poder adquisitivo o el lugar de residencia.
El desafío también es cultural. La brecha digital no se supera únicamente con infraestructura; se necesita formación, acceso a dispositivos y una estrategia nacional de alfabetización digital que empodere a la ciudadanía, especialmente a niños, mujeres, pueblos indígenas y adultos mayores. La tecnología no debe ser vista como un lujo, sino como una herramienta de inclusión, participación democrática y desarrollo sostenible.
En este Día Mundial de las Telecomunicaciones, Bolivia no puede limitarse a celebrar. Debe cuestionarse, exigir y proponer. Porque solo con una visión crítica y comprometida podremos aspirar a una sociedad de la información verdaderamente justa y plural, donde nadie quede al margen del mundo digital.





