La democracia y la gente común
Si las encuestas no vuelven a equivocarse groseramente, Bolivia camina hacia un escenario político más fragmentado, donde será necesario dialogar y pactar
Ser demócrata es complejo. Siempre lo ha sido. Supone principalmente escuchar a la gente y aceptar las decisiones de las grandes mayorías. Siempre es conveniente tener un buen equipo de asesores que te explique las cosas como son, porque no es verdad que los políticos tengan que saber de todo, ni siquiera los ministros deben ser los mejores en su área. La política es otra cosa.
Uno puede ser demócrata y tener posiciones políticas que representan a minorías. Un buen demócrata asumirá el desafío de hacer extender sus ideas y tratar de convencer a los demás de que esas con las ideas buenas y así tratar de convertir sus ideas minoritarias en mayoritarias. Solo hay que seguir unas pocas reglas: una es decir la verdad, es decir, no tratar de convencer a nadie de algo si luego se pretende hacer exactamente lo contrario al llegar al poder: por ejemplo, criticar los bonos en campaña y doblarlos al llegar al Gobierno; la otra es no tratar a quienes no te votan como imbéciles o apestados.
Ser demócrata, además, no está de moda. Ni ser solidario, ni apostar por la comunidad, ni pensar en el bien común
Esto último está todavía más complejo ahora, porque ser demócrata, además, no está de moda. Ni ser solidario, ni apostar por la comunidad, ni pensar en el bien común. Las reacciones suelen darse en los círculos pequeños, pero al final, se nota la impostura, y ahí surge el principal asunto por el cual las minorías no convencen a las mayorías: porque ni las entienden ni las respetan.
Cada cual en su caja de resonancia puede hablar de lo que quiera, condenar a unos, vanagloriar a otros, convencerse de que es el mejor y de que sus ideas son infalibles, pero la realidad está ahí fuera.
Las narrativas actuales de la oposición tratan de configurar un escenario apocalíptico, un clima de fin de ciclo después de 20 años de gestión del Movimiento Al Socialismo (MAS) con varios puntos de amnesia selectiva, pero en el que más allá de obviar datos concretos que hacen al crecimiento generalizado de los ciudadanos del país, más parecen criminalizarlos por haber logrado mejorar su nivel de vida respecto a 2003, mientras además ofrecen una suerte de horizonte de sufrimiento sin garantías de final feliz para todos. Alguien está fallando en el análisis de un país que esencialmente es liberal en lo económico y conservador en lo moral y que apenas le pide al Estado que no moleste.
La alternancia es buena como principio, sana para la democracia y aparentemente, garantía para la transparencia. Cualquier régimen atornillado al poder por 20 años corre el riesgo de apartarse de sus principios, de perfeccionar mecanismos de corrupción y abuso, y de acabar priorizando su reproducción antes de las necesidades del pueblo.
El debate y la pluralidad son buenos como principio, el pacto político garantiza la cobertura de las mayorías y la protección de las minorías, la construcción de un país más digno, más dialogado, más real.
Si las encuestas no vuelven a equivocarse groseramente, Bolivia camina hacia un escenario político más fragmentado, donde será necesario dialogar y pactar políticas de Estado que saquen al país del hoyo. En esas, es urgente que los aspirantes aclaren sus principios y objetivos, y sobre todo, que asuman el país que quieren gobernar en su integridad y su magnifica realidad, y no como un sujeto teórico sometido a estreses de laboratorio.