El Perú y el sombrero

En Perú está por ver si el bloque popular será capaz de engendrar un nuevo candidato para ganar una elección todavía incierta ahora que se apagan las protestas

El tiempo está a punto de dictar la primera sentencia en Perú: las protestas se van aplacando en las provincias a medida que el régimen de Dina Boluarte se consolida en Lima sin haber concedido ni la convocatoria de una Asamblea Constituyente ni un adelanto electoral real tomando en cuenta que la situación política era insostenible ya antes de diciembre de 2022 y todas las propuestas, de momento, siguen siendo rechazadas por los congresistas – que no tienen reelección, y esto es muy importante en el análisis -.

Como en el resto del mundo, las dificultades económicas que enfrenta el Perú está haciendo que la protesta amaine, no porque el Estado esté brindando soluciones, sino porque la mayoría de los movilizados tiene que pensar en qué comer. Si esto se efectiviza, se encaminará un proceso que guarda ciertas relaciones con lo vivido en Bolivia en 2019, pero también muchas distancias.

Ambas crisis tienen que ver con el rol del presidente, pero mientras que en Bolivia la protesta se desató luego de que surgieran sospechas de fraude electoral, en Perú tuvo que ver con el intento del presidente Castillo de disolver el Congreso poco antes de que este le vacara. Morales había sido candidato por encima de la Constitución y del resultado de un referéndum constitucional en el que consultó explícitamente si podía ser candidato y el pueblo le dijo no; Castillo, maestro rural y rondero, había llegado por la mínima al poder arrastrado por un voto popular cansado de la corruptela de Lima, pero apenas tardó un año en quitarse el sombrero y empezar a protagonizar escándalos similares a los de toda la vida, con familiares señalados en procesos de corrupción o tratos de favor.

Tanto Morales como Castillo han apelado a los relatos del golpe, pero mientras Morales acabó renunciando al calor de las protestas tras perder el apoyo de la Policía y el Ejército, Castillo fue destituido por el Congreso y nadie atendió sus últimas órdenes incluso cuando era Presidente, pues así fue detenido y recluido en prisión, donde aún sigue.

Tanto Morales como Castillo han cuestionado por ilegítima a la presidenta que les sucedió, pero mientras en Bolivia Jeanine Áñez se autonombró en una sesión sin quórum, en Perú asumió la Vicepresidenta Boluarte según mecanismo constitucional, si bien esta había marcado distancias con Castillo apenas unos días antes de su caída.

En Bolivia se pactó un rápido retorno a un gobierno elegido democráticamente que después se alargó por la pandemia y los cálculos electorales al respecto; en Perú los diputados, con un inmenso poder para controlar a la presidenta Boluarte, no quieren ni oír hablar de una elección antes de 2024.

La cuestión es que en Bolivia, al cabo de un año donde hubo pocas protestas, el MAS, con el candidato saneado Luis Arce, ganó muy holgadamente la elección y se reinstaló en el poder. En Perú está por ver si el bloque popular será capaz de engendrar un nuevo candidato para ganar una elección todavía incierta, pero que, sobre todo, llegado el momento de gobernar, no se quite el sombrero.


Más del autor
Tema del día
Tema del día
Confía en el tiempo divino
Confía en el tiempo divino