Más o menos Policía
La Policía necesita una reforma de fondo que la devuelva – si alguna vez estuvo – a su función constitucional. Todas las formas se pueden estudiar con la formulación correcta
La propuesta del cabildo cruceño de crear una Policía Departamental no es exactamente nueva, pero sí es la primera vez que se formula acompañada con un proyecto de Ley, aunque la instancia pertinente para darle luz verde, en todo caso, tendría que ser la Asamblea Plurinacional.
Aunque el asunto no es viable constitucionalmente y difícilmente los asambleístas consumarán el desafío legislando contra el texto, la presentación sí ha servido para avivar un debate que además tiene demasiadas consideraciones emocionales.
El miércoles, el presidente del Comité Cívico de Santa Cruz hizo un discurso muy agresivo contra la institución policial, a la que tildó de casi todo y donde lo más suave casi fue la catalogación de “corrupta”. Los calificativos no distaban demasiado de lo que hace tres años decían, precisamente, los adversarios políticos, que tildaron de golpistas y corruptos a la institución en general y se ensañaron con aquellos que arrancaron sus wiphalas del uniforme, gesto que por otro lado fue aplaudido por los hoy fervientes críticos.
No es que la Policía no se haya ganado a pulso su reputación, pues lleva desde tiempos remotos actuando de forma similar en los conflictos de poder y en los momentos de transición, dejando en claro que lo importante es su propia supervivencia y preeminencia y donde sus propias lógicas de poder y pugna son casi indescifrables para la gente ajena al cuerpo.
Hoy la Policía vive un idilio con el ministro Eduardo del Castillo del Carpio, que después de satisfacer algunos de los oscuros objetos de deseo y tomar unas muy limitadas medidas represivas respecto a los protagonistas de los sucesos de 2019, ha logrado cierta obediencia más por la comunión de objetivos que por la imposición de criterios. Aún así, no le conviene en absoluto considerarse dueño de la situación, pues hay que recordar como se las gastaron no solo en 2019, sino también al exministro Hugo Moldiz, que tuvo un paso fugaz gracias a las maniobras en el caso Belaunde.
Aunque en Bolivia la Policía es unitaria más allá de la separación de los cuerpos, tener diferentes cuerpos de Policía trabajando en paralelo y casi en competencia es más común de lo que parece. En Argentina Gendarmería y Policía Federal de Buenos Aires compiten normalmente; en Alemania las fuerzas federales y estatales también se complementan; en Estados Unidos las rivalidades de las agencias especializadas – FBI, DEA, etc.- son materia habitual de las teleseries y en España al histórico conflicto entre la Policía Nacional y la Guardia Civil se han sumado los innumerables pleitos competenciales con las policías autonómicas, que a su modo son las que han inspirado a Calvo y el Comité Cívico.
La Policía necesita una reforma integral que Eduardo del Castillo no se ha atrevido a hacer, pero es cada vez más ineludible. Hay asuntos que reformar, como que cualquier institución pueda contratarse un policía para su puerta, y hay que reglar esas policías municipales que resultan ser los guaruras del alcalde de turno, pero sobre todo hay que darle dignidad al oficio, exigir su función constitucional y acabar con todo rastro de corrupción. Federalizarla puede ser un camino. O un desastre. En cualquier caso, no parece que la fórmula elegida para plantearla sea la más acertada en este momento.
DESTACADO.- No es que la Policía no se haya ganado a pulso su reputación, pues lleva desde tiempos remotos actuando de forma similar en los conflictos de poder y en los momentos de transición


