Los golpes

Demasiados analistas empiezan a normalizar una previsible militarización “popular” como instrumento para “mantener” el orden público, y lo que sea

Ahora que abundan las denuncias de golpismo y todo el mundo ve dictaduras en todas partes, conviene fijarse en los detalles, porque no todas las cosas son lo mismo. Las definiciones en estas cosas siempre han sido importantes y las palabras muy importantes. Por ejemplo, que un gobierno meta preso a un opositor es un abuso de poder más propio de dictaduras, pero no es un golpe de Estado.

Lo normal es fijarse en el papel que toman las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, es decir, Policía y Fuerzas Armadas. En un continente forjado a sangre y fuego hace apenas doscientos años y donde la protesta sigue siendo el pan nuestro de cada día y la expresión más directa de la voz del pueblo, que “muchos” se levanten contra el gobierno no quiere decir necesariamente que eso es un golpe de Estado.

Medir “muchos” es muy difícil. En Brasilia, el domingo, podía haber medio millón de personas o menos de una décima parte. Se estima que hay 1.500 detenidos y que 4.000 llegaron en autobuses desde otras partes del país, pero en este lugar del mundo donde los monumentos de hombres a caballo decoran las plazas, la legitimidad de las demandas se gana en las calles, pero al final, solo triunfan si los aparatos represores del Estado lo acompañan. En Brasilia podían ser golpistas, y los políticos responsables de la seguridad miraron para otro lado, pero a la Policía no se le pasó ni por la cabeza sumarse al conflicto.

Hay otros ejemplos muy cercanos: En Perú el presidente Castillo decidió cerrar el Congreso y convocar elecciones asistido por los artículos de la Constitución que así lo permiten cuando se entra en un bloqueo absoluto como el que el vecino país estaba experimentando (lleva cinco años experimentando), pero la Policía decidió hacer oídos sordos al presidente y atender las instrucciones del Congreso, que lo mandó detener y luego reprimir las protestas que ya suman más de cincuenta muertos en Perú.

Más cerca nos toca Bolivia, que más allá de las susceptibilidades, las crónicas dan cuenta de que todo cambió de color en el momento en el que se concretó el motín policial y que fue eso – y la inacción de los movimientos sociales – lo que puso a Morales rumbo a México más que la razón del argumento del “fraude” o del tremendo abuso de poder, más propio de dictaduras, que supuso presentarse a una elección que un referéndum popular le había negado.

Casi cada país del continente en los últimos años ha vivido situaciones extremas de protesta pública: Ecuador estuvo al borde del colapso por el precio del combustible y Colombia y Chile fueron escenarios de protestas por el hartazgo social primero y la brutalidad policial después, y aunque esta se impuso finalmente en la pacificación, el pueblo soberano acabó votando cambio.

Con la justicia igualmente embargada, la deriva institucional es preocupante y demasiados analistas empiezan a normalizar una previsible militarización “popular” como instrumento para “mantener” el orden público, y lo que sea. Sobre esto, la democracia debe ser capaz de encontrar sus resortes no solo para mantenerse vigente sino para fortalecerse, para demostrar que sigue siendo el sistema menos malo para garantizar cohesión, desarrollo e igualdad de todos.

Es tiempo de abrir los ojos y plantar cara a las dictaduras, y a los golpes de Estado.


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