El (inexistente) proyecto opositor

El coro opositor lleva demasiado tiempo siendo el profeta de un desastre económico que nunca llega mientras parecen hablar de Bolivia como un país del que huir

Si algo ha provocado la irrupción de Luis Fernando Camacho en la política nacional ha sido el desconcierto de la oposición tradicional al Movimiento Al Socialismo (MAS), que hasta la fecha no saben si catalogarlo como amigo o no.

Pasó en 2019, cuando sin consultar con nadie Camacho y sus aliados apostaron por la “desobediencia civil” si ganaba las elecciones, y sin consultar con nadie – bien es cierto que el extraño conteo de votos propiciado por el Tribunal Supremo Electoral ayudó – organizó una fórmula de resistencia muy folklórica y muy novelesca, con sorpresas en cada capítulo, todo narrado por redes, que acabó con la Biblia en Palacio y Evo Morales en un avión rumbo a México.

Pasó en 2020, cuando decidió que él sí iba a ser candidato sin importarle nada más que lo que pasara en Santa Cruz, teniendo su bancada fuerte – aunque luego le ha salido media trucha – y rechazó una y otra vez retirarse para facilitar aquello del voto útil.

Y desde que es gobernador, pasa una y otro vez. Camacho no se ha preocupado especialmente de la gestión porque sabe que en eso no le va la vida, sino en seguir corriendo. Lo de poner el censo encima de la mesa acabó arrastrando a todos; lo de hablar de federalismo causa alergia en los foros paceñísimos y ni qué decir de las vueltas de tuerca con el secesionismo, que es repetidamente caricaturizado para que a algunos no se les note el tembleque de rodillas.

La oposición tradicional al Movimiento Al Socialismo (MAS) lleva más de quince años pululando por el país sin haber diseñado una propuesta de país alternativa, o no tan alternativa, pero capaz de ilusionar a la gente. No la tenía en 2005 y la sigue sin tener ahora, y eso que Bolivia ha cambiado de una sociedad rural y pobre a una sociedad urbana e igualmente pobre, donde al conjunto no le alcanza para cubrir las necesidades aspiracionales – comprar una casa, estudiar bien, cuidar de los papás, etc., -.

Luis Fernando Camacho sí tiene un modelo: el Estado al servicio del “modelo cruceño”, que es básicamente un significante vacío en el que cada uno acomoda lo que quiera que sea, el suelo americano, la cuadratura del modelo neoliberal y su supuesta virtuosa redistribución de recursos y la oligarquía guindo al pueblo. Carreteras para los camiones, aeropuertos para los exportadores, diésel subvencionado para los tractores y trabajadores “independientes” – sin derechos laborales - para trabajar la tierra. Algún tren más. Y plantas de biodiésel por si bajan los precios.

¿Qué opinan los demás? Hace unos días se abrió un debate prolífico – pero infructuoso en la concreción – sobre el “capitalismo a la boliviana” del que hablaba Samuel Doria Medina y sobre el que los demás se posicionan en función del calor de los acontecimientos. Es fácil en la oposición decir que todo está mal, pero es hora de decir qué se haría diferente con todas esas empresas públicas que generan empleo y ahorran divisas y cómo se plantearían, por ejemplo, las relaciones laborales, de por sí bastante liberalizadas.

El coro opositor lleva demasiado tiempo siendo el profeta de un desastre económico que nunca llega mientras parecen hablar de Bolivia como un país del que huir. Bolivia necesita una oposición más seria, que sea capaz de proponer alternativas al país que pasen por otros conceptos distintos al del color de la piel y otras percepciones clasistas que siguen intrínsecamente ligados a los discursos políticos de los opositores. Una oposición que diga lo que quiere hacer y no “voto útil” o “ya les dije que me tenían que votar a mí”. Una oposición que haga política y que, en esa política, ganemos todos.


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