El desafío de la integración continental
Que Sudamérica necesita una voz más fuerte en el mundo es evidente, por su potencial minero, por sus riquezas naturales, por su biodiversidad ecológica y por su fortaleza cultural
El ciclo electoral 2021-2022 ha cambiado sustancialmente la fisionomía de Sudamérica en cuanto a su tendencia política. En pocos meses, tres países tradicionalmente escorados a la derecha como Perú, Chile y Colombia pasaron a ser gobernados por gobiernos de otra índole, más pegados a la izquierda. Después volvió Lula da Silva a Brasil.
Primero fue Pedro Castillo, maestro rural, con una propuesta esencialmente nacionalista conservadora para Perú; después fue Gabriel Boric con una propuesta de izquierda no liberal para Chile, pero que se acomodó para la segunda vuelta; después Gustavo Petro que se reinventó en Colombia convirtiendo su marxismo a una suerte de ecosocialismo y, finalmente, Lula da Silva, aliado con todo el arco electoral de izquierda al centro derecha y derecha cristina, para hacer bandera simplona de la lucha por la democracia y derrotar a un Jair Bolsonaro cada vez más enrocado en el militarismo populista.
Los cuatro se suman a Luis Arce, que recuperó el poder en Bolivia gracias, sobre todo, a la desastrosa gestión de Jeanine Áñez, básicamente igual que en Argentina, donde los números de Mauricio Macri facilitaron el inmediato retorno del peronismo, aunque más sobrio con Alberto Fernández al frente y cuya reelección a finales de año aún no está desahuciada pese a la coyuntura.
Con Venezuela como caso aparte, la derecha se sostiene en tres países pequeños y con realidades propias: Paraguay, que tiene elecciones el 30 de abril, pero que sigue básicamente controlada por los grupos oligárquicos de poder; Uruguay, donde la izquierda es siempre una alternativa, y Ecuador, donde gobierna Lasso gracias a la violenta división entre correístas e indigenistas.
En general la coyuntura es precisa para avanzar en la integración continental en tanto las izquierdas, mucho más moderadas, comparten visión y son mayoría, mientras que las derechas gobernantes solo podrían encontrar beneficios en estos procesos que suman voces y proyección internacional.
La cuestión es que los tiempos pasan demasiado rápido y a poco que se pretenda contemporizar y ajustarse a las agendas nacionales, los plazos pueden volver a asfixiar el sueño de Bolívar actualizado a 2022.
Que Sudamérica necesita una voz más fuerte en el mundo es evidente, por su potencial minero, por sus riquezas naturales, por su biodiversidad ecológica y por su fortaleza cultural. También si se amplía el concepto a la región latinoamericana. Uno de los datos recientes que precisamente animan a buscar esos procesos de integración tiene que ver con el Covid: 8 por ciento de la población mundial, 20 por ciento de contagios, 30 por ciento de muertes. Algo no va bien.
Tal vez pronto los líderes nos sorprendan con alguna convocatoria extraordinaria que recupere el vigor de Unasur o Celac, que resucite el Banco del Sur con la misma ambición con la que Lula da Silva habló de construir una moneda única, y pongamos los acentos en lo que nos une y no en lo que nos separa. El tiempo pasa rápido y las oportunidades hay que aprovecharlas.


