El adiós al papa Ratzinger
El funeral pone fin a la anomalía de la coexistencia de dos papas que ha servido, además, para justificar formas diferentes de interpretar el mensaje de Dios
La comunidad católica despide hoy al papa Benedicto XVI y pone fin a una extraña rutina en la que se había convertido la coexistencia de dos papas, aunque no se sabe por cuanto tiempo, pues Francisco también ha manifestado en el pasado ser partidario de una retirada a tiempo y no de un papado como martirio.
La anomalía que ha supuesto la coexistencia de los dos papas ha alimentado además el morbo por el antagonismo de ambas figuras. Uno alemán, otro argentino, con todo lo que eso supone a la hora de entender la relación de las personas y el mundo; uno un absoluto intelectual, otro un experto en relaciones humanas, más habituado a lidiar con las malas.
A ambos les persigue la leyenda negra de las dictaduras, uno como joven miliciano del nazismo, obligado; el otro como un obispo no tan proactivo en la lucha contra la dictadura como a los más románticos les gustaría.
Ratzinger, el papa alemán, renunció no por salud, que también, sino por verse incapaz de sobrellevar las cargas del papado, que en sus ocho años supusieron un alud de escándalos de pederastia y de turbios manejos en las cuentas del Vaticano con los que no supo lidiar y que acabaron poniéndolo en el centro de la diana el año pasado por su gestión al frente del arzobispado de Munich. Ratzinger había sido durante demasiados años el jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Inquisición de toda la vida. Nunca se le vio con intención de llevar adelante una transformación de la Iglesia, sino más bien fue respondiendo a los desafíos poco a poco, uno por uno, esperando que no hubiera más y casi siempre volviendo al pasado. Ratzinger era, a todos los efectos, un cura conservador.
Bergoglio, el papa argentino que eligió Francisco, no es precisamente un teólogo de la liberación, pero el ala más dura de la iglesia no ha dejado de tildarlo de papa “progre” y papa “comunista” desde el primer día cuando renunció a los lujos del papado y mantuvo muchas de sus rutinas. Francisco sin embargo sí parece tener una idea más clara de la Iglesia que quiere construir y no ha dejado de convocar reuniones, sínodos y otros encuentros de la jerarquía católica para asentar los planteamientos de más apertura y más humildad. También ha acabado con la dinámica de escándalos sobresalidos por pederastia con una fórmula muy sencilla que no todos los obispos siguen: denunciar todas y cada una de las irregularidades dejando que la sociedad civil depure las responsabilidades.
La Iglesia Católica despide a un intelectual que se hizo divino pero que era muy humano, que se confesó débil para seguir, que cometió errores toda su vida y supo pedir perdón, algo de lo que muchos otros poderosos deberían aprender, que tenía debilidades y que no eludía las polémicas cuando de lo que se hablaba era de la fe, como aquella que tuvo con el Islam y la forma de justificar la yihad; y que incluso después de prometer su reclusión siguió firmando documentos y dando entrevistas que alimentaron más la polémica de la coexistencia.
La iglesia sigue jugando un rol importante en muchos Estados, particularmente en América Latina y también en Bolivia por mucha doctrina liberadora que se incluya en la Constitución Política del Estado. Los problemas suelen llegar cuando alguien se atribuye la biblia y su interpretación para agredir al otro y se niega incluso al principal interpretador de la voz de Dios en la tierra para los católicos, que es el papa. Ni Ratzinger ni Bergoglio, ni Benedicto ni Francisco lo aceptarían.


