Gasolina para la secesión
Camacho y el Comité Cívico han abierto una puerta de salida que empieza a seducir a los cambas y también a los “nuevos cambas”, y al gobierno solo se le ocurre reprimir
La aprehensión de Luis Fernando Camacho era una variable descontada a la que solo le faltaba ponerle fecha. Lo sabían los unos y los otros porque básicamente hay un proceso en marcha por muy criticado o criticable que sea y por mucho que el GIEI hubiera cuestionado los tipos penales utilizados para abrir causas generales sin investigar demasiado. El gobierno de Luis Arce estaba presionado desde dentro por el ala dura, y la justicia, que siempre es la misma gobierne quien gobierne, ya había hecho su parte abriendo el proceso y emitiendo la orden de aprehensión a finales de octubre.
Lo sabía bien Luis Fernando Camacho y su círculo, que tienen por demás estudiado todo el escenario y son hábiles como ya demostraron en 2019 para erigir sus relatos y provocar reacciones a su medida. A Camacho el rol de mártir le viene como anillo al dedo y acabar en Chonchocoro era nomás la posibilidad más factible en el último análisis.
¿Qué riesgo de fuga o posibilidad de destruir pruebas tiene Camacho hoy que no tuviera hace dos meses? Probablemente ninguno, pero la justicia hace tiempo que no está para ponderar ese tipo de cosas.
Tal vez los plazos se han acelerado, pero el equipo de Camacho hace tiempo que viene sincronizando la gestión con el desafío secesionista, que viene calando en Santa Cruz, que niegan en el gobierno y del que se mofan ciertos círculos intelectuales paceñísimos que solo entienden Bolivia a partir de su ombligo.
Camacho y el Comité Cívico han abierto una puerta de salida que empieza a seducir a los cambas y también a los “nuevos cambas”, que han encontrado nuevas formas de autoidentificación y encaje en una tierra que les ofrece más posibilidades.
El gobierno, se supone, tiene prevista la reacción popular incluso aplacada por las fechas, pero por el momento su plan se basa únicamente en la represión policial, algo que, vistos los antecedentes, resulta especialmente curioso por cómo unos pueden pasar rápidamente de héroes a verdugos y cómo los otros pueden pensar que no les puede volver a pasar lo que les pasó.
Hasta el momento nadie ha dado una palabra conciliadora para con Santa Cruz y ambos bandos se expresan en términos bélicos cargados de ira y venganza. Nadie se cree esos discursos de unidad y diversidad y, al contrario, se alimenta el odio y la diferencia, algo que puede tener resultados catastróficos en el corto plazo.
Que la unidad de Bolivia está en riesgo es una obviedad presente en la discusión pública desde el mismo momento de su fundación hace dos siglos, pero desde luego no contribuyen en nada esos planteamientos de “sentar la mano” ni los que tratan al oriente como si se tratara de un territorio de conquista sometido cual colonia.
El poderío económico de Santa Cruz es tan grande que, aunque solo fuera por esa cuestión pragmática, el gobierno debería replantearse su estrategia. Las cosas se van a poner peor y pronto. La secesión está en marcha y lo que menos se necesita en estos casos, es gasolina.


