2023, un desafío para el vino tarijeño

La cadena de la uva, el vino y el singani es la cadena más productiva del departamento de Tarija – después del gas (todavía) – y mueve más de cien millones de dólares al año. Miles de familias viven directa o indirectamente de esta actividad

No fue el año 2022 el mejor año para la vendimia, aunque tampoco el peor. Hubo mucha buena voluntad por parte de los productores y de las autoridades, pero al final, los tiempos como siempre apretaron para colocar todo el producto al mismo tiempo en el mercado. Ni siquiera las cámaras de frío, inauguradas in extremis, pudieron contribuir a alargar en demasía la época de consumo y, al final, las bodegas, como de costumbre, replegaron lo que sobraba a precio de saldo para enojo de los productores.

En la materia del vino, cada año es un misterio y realmente, hasta que se recoge toda la uva, cualquier tormenta puede convertirse en drama. Lo positivo es que la sequía, gracias también a las nuevas técnicas productivas, acaba siendo un valor añadido para la cosecha, aportando matices a la añada que, al final, es lo que se espera de un vino casi artesanal como se producen en Tarija.

La cadena de la uva, el vino y el singani es la cadena más productiva del departamento de Tarija – después del gas (todavía) – y mueve más de cien millones de dólares al año. Miles de familias viven directa o indirectamente de esta actividad que, además, es el emblema de una región y santo y seña de su posicionamiento turístico en el país. A Tarija se viene esencialmente a descansar y a disfrutar de la vida, y a eso contribuye maravillosamente un buen vino, sin que nadie se rasgue las vestiduras.

Los expertos señalan que la industria, además, tiene el potencial para trascender fronteras de verdad: llegar a Europa y a otros países del continente donde sí se aprecia el vino como arte y triunfar gracias a sus propiedades, y también al exotismo de su presentación de altura real: En Francia comercializan vino “de altura” cosechado a 600 metros.

¿Qué está faltando entonces? Probablemente, comunión entre los protagonistas de la cadena. Productores, bodegueros y comercializadores no acaban de fiarse los unos de los otros y las acusaciones de contrabando, de abuso de poder o de sobreprecios son veladas, pero insistentes entre unos y otros, esfuerzos que sin duda poco contribuyen al objetivo final que es ampliar la cuota de mercado de la uva y del vino para atraer más recursos hacia Tarija.

Vistas las experiencias y tomando en cuenta la realidad nacional, es importante que las instituciones públicas atiendan los requerimientos, que asuman un papel de orientador en unos casos y de facilitador en otros. Es evidente que la uva necesita buenas condiciones para crecer, facilidades para su proceso de transformación y mercados abiertos y duraderos para su comercialización. En esas, la mejor de las confianzas y todas las posibilidades de ayudar, son pocas.

En Bolivia se consumen menos de dos litros por persona al año; en Chile, Argentina y Uruguay superan los 20. Bolivia tiene mucho margen de mejora y eso supone que el campo tarijeño consagrado a este arte tiene todavía mucho que ganar. Estamos en el buen camino. Es tiempo de apostar con decisión.


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