Mundial vecinal
El fútbol, por una vez, le hizo justicia a un jugador como Leo Messi y coronó de nuevo a un país capaz de apostar por la formación de jugadores al máximo nivel
El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes. Es una actividad que hace tiempo dejó de ser un mero deporte para convertirse en un negocio que no deja de ser deporte pero que, sobre todo, es un espectáculo, pero no siempre, como bien saben los aficionados locales.
La cantidad de metáforas futboleras que se utilizan para explicar los entresijos de la vida cotidiana son infinitas, y lo cierto es que esta final de este extraño Mundial jugado en el exótico y absolutista Qatar en verano ha dejado multitud de ellas: un marcador que se abre de penal dudoso pero que vale igual; un partido que no se puede dar por ganado ni perdido hasta que no lo decide el árbitro; un partido en el que uno puede meter tres goles y acabar perdiendo porque lo importante es el equipo; lo de tener fe hasta el final que le lleva a Messi a meter un gol con el muslo en la primera parte del alargue y a Mbappé a igualarlo en la segunda con otro penal dudoso, porque lo que el futbol te da, el fútbol te lo quita; lo de dar el máximo de sí mismo aunque no se aguante todo el partido como Di María; lo de las segundas oportunidades; lo de la oportunidad de reivindicarse como Dybala; y todo lo que se quiera decir del Dibu Martínez y su extraño magnetismo con los penales.
El triunfo reivindica el fútbol sudamericano, el del talento individual y el compromiso colectivo sobre el fútbol moderno de la táctica y la destreza atlética
Lo que más se suele repetir es lo de que el fútbol es fútbol y que no es justo, pero esta vez, al parecer, hizo Justicia. Leonel Messi ha sido durante una década el mejor jugador de fútbol del mundo, pero para entrar indiscutiblemente en la historia necesitaba ganar su Mundial. Qatar era su última bala y pensando en ello se retiró del fútbol en una liga de máximo nivel y se fue al Paris Sant Germain, en una liga menor, para estar concentrado en Argentina. Messi siempre fue un buen tipo, concentrado en el fútbol y bastante educado, algo que también le generó sus haters del “pecho frío” y esa interminable comparación con Maradona que ni siquiera hoy se apagará. Al menos ya tiene su Mundial para sostener ese duelo sin sentido.
En Tarija – sin generalizar - se festejó por todo lo alto y también en el resto del continente, que vieron en el combinado argentino la oportunidad de reivindicar el fútbol sudamericano, el del talento individual y el compromiso colectivo tan denostado últimamente entre los que pontifican el fútbol moderno de la táctica y la destreza atlética.
No es la de Argentina una Federación de Fútbol ejemplar exenta de polémica ni sus clubes un prodigio económico, pero si han sabido cuidar las canteras, dar oportunidades y apostar por lo nacional, aunque sea para darle sostenibilidad a sus equipos. Vale la pena revisar su modelo e imitarlo.
Ganar un Mundial no cambia nada, aunque ciertamente infunde orgullo patrio y continental, tan castigado últimamente en la Argentina y en todos los países del continente. Los problemas siguen ahí y se siguen enfrentando, pero celebremos los éxitos de nuestros vecinos. Ojalá pronto podamos competir con ellos, mientras tanto: ¡felicidades Argentina!


