El tiempo de la Patria Grande
La coincidencia de ideologías de principio de siglos no supuso un impulso para la institucionalidad de América Latina ni una revalorización de su lugar en el mundo
El tiempo pasa deprisa, y además es corto. Las legislaturas en Chile son de cuatro años, en Colombia también y en ambas, sin posibilidad de reelección. Así, cualquier acción coordinada en favor de la integración regional, debe ser afrontada sin muchas demoras previas, o no habrá tiempo para la discusión. No sirve de excusa que Lula todavía tarde diez días en asumir oficialmente el poder en Brasil.
Las elecciones de este 2022 han dado un giro notable al continente, una circunstancia que no es menor ni fruto de la casualidad. Los gobiernos de izquierda emanados de las ánforas después de la pandemia demuestran que sí hay una forma de canalizar el hartazgo social y sus miedos poniendo a la sociedad en el centro, priorizando la protección y el progreso. Una circunstancia que contrasta sustancialmente con otras regiones del mundo, sobre todo Europa, donde la reacción post pandemia se ha ido a los extremismos de la ultraderecha liberal o nacional, a pesar de contar con la mejor cobertura sanitaria del mundo.
Los datos son datos, Latinoamérica es el 8 por ciento de la población mundial y ha registrado el 20 por ciento de los contagios de Covid a nivel mundial y el 30 por ciento de las muertes, y eso que la capacidad de diagnóstico, sobre todo al principio, fue extremadamente limitada. Por ello es importante reflexionar sobre qué es lo que han querido decir los ciudadanos en estos países que se han volcado a la izquierda.
Hay otros problemas recurrentes, incluso antiguos, que lejos de abordarse, se han ido agravando. La pérdida de soberanía real sobre el territorio avanza en todos los países. Cada vez más tierra está en poder de las grandes transnacionales de los alimentos que contratan empleados para sus menesteres; igual, las transnacionales mineras siguen llevándose jugosos beneficios de nuestras entrañas gracias a ese jugoso negocio acordado con las falsas cooperativas que no se responsabilizan de nada.
Y está el meollo de la cuestión: Latinoamérica sigue viviendo mirando al norte, guardando sus reservas en los Bancos Centrales de los países más ricos del planeta a cambio de migajas y cumpliendo a pies juntillas las prescripciones del Fondo Monetario Internacional, asumiendo deuda pública enorme y cada vez más cara y tomando como referencias mercados sobre los que no se puede influir.
A principio de siglo hubo un importante movimiento en las democracias continentales, que tuvieron una raíz bolivariana antiimperialista donde destacaban varios nombres, muy folklóricos, como el propio Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa y el mismo Lula, que acabaron agotados y casi enfrentados, corroídos por las grandes mineras, petroleras y gestores de los grandes proyectos de infraestructura financiados por las grandes corporaciones, que se puede resumir en “Odebrecht”.
La nueva (no tan nueva) generación de políticos: Luis Arce, Gabriel Boric, Gustavo Petro, etc., donde se quiere sumar un Lula da Silva reciclado y más pragmático, debe ser capaz de concretar los procesos de integración pendientes, aprender de lo errado, liberarse de cadenas y fortalecer la voz propia en el mundo. Hacerse valer. No perderse en retóricas.
Es la hora de pasar a la acción, porque el tiempo pasa rápido y de los momentos perdidos se debe aprender.


