BoA y la gestión de lo nuestro

BoA apenas está logrando recuperarse de dos años en los que coincidieron circunstancias nefastas: la pandemia y la gestión de un equipo que quería entregar el negocio a otros

No hay empresa de servicios que no coleccione quejas de los usuarios, peor en estos tiempos de redes sociales donde todo se viraliza y se multiplica. Los servicios son asuntos sensibles en tanto forman parte de la ilusión del usuario: recibir algo, disfrutar, viajar o volar. Volar siempre tiene que ver con encuentros de alto valor, personales o profesionales, y una mala experiencia pasa factura. Cuando estas críticas se convierten en sistemáticas y con periodicidad, suele tratarse o de una campaña o ciertamente, de una necesidad de reacción inminente.

La propia Autoridad de Telecomunicaciones y Transporte (ATT) acaba de llamar la atención a la empresa de todos los bolivianos, Boliviana de Aviación, para que actualice sus protocolos y mejores su servicio. Es de ley. Exigirle al Estado y nunca conformarse es una buena táctica de crecimiento, porque al final, nos exige a todos. También a los usuarios.

La cuestión es que BoA padece casi desde su fundación un acoso y derribo casi permanente, donde no se ponderan cuestiones nacionales sino más bien, todo lo contrario: ver caer a los nuestros se ha convertido en un extraño vicio de los permanentes predicadores de la desdicha.

BoA apenas está logrando recuperarse de dos años en los que coincidieron circunstancias nefastas para cualquier empresa, pero especialmente para una que se dedica a mover gente de un lado a otro: la pandemia y la administración del estado por parte de Jeanine Áñez y sus pupilos en la que, cada cual a su manera, contribuyó al desgaste.

Un transporte aéreo de calidad en un país enorme y despoblado como el nuestro es necesariamente un servicio público que debe ser accesible para todos

La pandemia pasó factura: los vuelos se suspendieron en su mayoría y para siempre y BoA, que necesita vender pasajes para su estabilidad, sumó pérdidas cuantiosas todos los días en los que sus aviones estuvieron en tierra, algo que se prolongó por casi un año. Para entonces ya había entrado en una crisis existencial provocada por el Ministerio de Obras Públicas de primero Yerko Núñez y luego el hoy alcalde de La Paz, Iván Arias, que pusieron BoA y Aasana en manos de ejecutivos y funcionarios de la otra compañía privada que opera en el país con resultados poco ejemplarizantes. Pronto hubo una liberalización de facto del espacio aéreo nacional con “vuelos solidarios” a cargo de esa empresa privada además de una sonora purga de personal no esencial.

Al final la pandemia salvó BoA, pues no se puede imaginar qué hubiera sucedido volando sin presupuesto. Sin embargo, la imagen pública quedó tocada por demás. Con todo, no conviene olvidar el pasado reciente y lo que siguió al descuartizamiento del Lloyd en la capitalización; lo que supuso la administración de Aerosur cuyo dueño acabó fugando dejando a miles de trabajadores sin sus ahorros, o la propia gestión de la aerolínea militar TAM.

Un transporte aéreo de calidad en un país enorme y despoblado como el nuestro es necesariamente un servicio público que debe ser accesible para todos, y con accesible se entiende, barato. No es necesario destilar tanto odio hacia una empresa que es de todos los bolivianos, que se parece tanto a nosotros mismos y que está prestando un servicio cada vez más requerido.

Hay que ajustar, por supuesto, pero no hay que perder la objetividad en el juicio por quince minutos de retraso. BoA se mueve en los estándares continentales a pesar de sus limitaciones presupuestarias. Todos debemos contribuir a que sea una línea bandera y, desde luego, basurearla no parece la mejor política.

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