Mala salud para la democracia en Latinoamérica
El Latinobarómetro viene mostrando desde 2008 el progresivo alejamiento del ideal democrático: apenas un 50% de los jóvenes antepone democracia a la seguridad física y económica.
A medida que se va tomando distancia de los años más crudos de la pandemia – pese a que el sars Cov 2 se resiste a abandonar -, los análisis de los efectos sociales y políticos empiezan a aflorar evidenciando cambios más o menos profundos en todo el continente, especialmente en el plano político.
La gestión de la crisis sanitaria fue decepcionante como no podía ser menos en un continente con unos sistemas de salud deficitarios y donde la sanidad es, salvo contadas excepciones, un objeto comercial más. Los datos son contundentes: Latinoamérica sumó el 20 por ciento de los contagios y el 30 por ciento de las muertes pese a tener apenas el 8 por ciento de la población mundial.
A esto se suma la generalizada adopción de medidas importadas que poco o nada tenían que ver con nuestra realidad social, como los confinamientos estrictos que solo sirvieron para acabar a velocidad galopante con los escasos ahorros de las familias o las medidas de distanciamiento social, además de otros que han hecho un daño irreparable al prolongar irracionalmente el cierre de las escuelas pese a los datos que mostraban la nula mortalidad infantil a causa del Covid
Esta sensación de fracaso y de inutilidad ha acelerado la desafección política que ya está desde hace años arraigada en prácticamente todos los países. El Latinobarómetro viene mostrando desde 2008 el progresivo alejamiento del ideal democrático: apenas un 50 por ciento de los jóvenes antepone democracia a la seguridad física y económica.
Con esos mimbres era cuestión de tiempo que en un territorio de por sí proclive a la telenovela y al caudillismo creciera el populismo como método de toma del poder y también como método de conservación.
Derecha e izquierda han superado patrones más clásicos y han impuesto sus relatos épicos, como el retorno de Lula da Silva desde los infiernos para desalojar al ícono de la ultraderecha Jair Bolsonaro del poder o perfiles redentoristas como Bukele en El Salvador o el intento de Javier Milei en Argentina. Mientras, el día a día de la política es un sobrevivir al sobresalto moviendo las cartas rápido, como sucede en Bolivia o le empuja al presidente Guillermo Lasso en Ecuador, tan pronto presionado por revueltas carcelarias como exigido de convocar referéndums.
¿Qué se puede decir de Perú, que acaba de devorar al presidente Castillo tras 17 meses de acoso y derribo? ¿Cuánto tardará su reemplazante en sobrevivir al Congreso? ¿Cuánto se podrá eludir la convocatoria a una constituyente?
¿Y de Chile? ¿De ese país que apoyó en masa otro proceso constituyente y eligió presidente progresista y en nueve meses le boicoteó todos los planes?
¿De la Colombia gobernada contra el crono por un Gustavo Petro que prometió el cielo en cuatro años?
¿De Paraguay que niega a sus pobres y a sus campesinos que se quedan sin tierra?
La gestión pública se ha convertido en una suerte de tragicomedia por entregas en el que todos parecen jugarse demasiado en lo inmediato y donde al final no pasa nada, o sí, pero el propio relato lo acomoda.
Vivimos tiempos oscuros para la democracia, la libertad y el ejercicio periodístico. Parecería que esta región se ha convertido en banco de pruebas de alguien que experimenta. Conviene tener los ojos abiertos y no olvidar que juntos, somos más fuertes.


