La intranquilidad con que llueve

Urge un pacto departamental por el agua que salvaguarde las cuencas, que las respete, que evite poner en riesgo las fuentes y permita maximizar la utilidad de las inversiones

Llovió y se apagaron los incendios en Tarija. No es magia, es una eventualidad climática propia de nuestro régimen pluvial estacional donde las descargas se concentran en verano y que igual sirven por su efecto bombero como para paliar las urgencias de agro que cada vez más se agudizan a final de año.

Las lluvias, por lo tanto, “permiten” alcanzar las fiestas de fin de año con una relativa tranquilidad, sin grandes urgencias que atender ni problemas que puedan amargar la picana, pero lo cierto es que el asunto es apenas un momento de alivio y nada de tranquilidad.

Cada año viene sucediendo lo mismo desde hace demasiado; las lluvias tardan en llegar y se van pronto; se han acentuado los desastres por grandes tormentas muy concentradas en el tiempo y el espacio, formas que todavía dificultan más su aprovechamiento para el resto del año. Son los efectos del calentamiento global, tantas veces predicados y advertidos y, “por fin”, sentidas en carne propia.

Evidentemente no solo tiene que ver con el cambio climático, que también. Las explotaciones agrícolas y ganaderas se han ampliado y se han creado numerosas nuevas infraestructuras de tamaño pequeño o mediano que atienden planes particulares; rebalses, pozos, ojos de lluvia, pequeñas cantidades de agua muy valiosas y que, en conjunto, acelera el efecto de la sequía en común, porque efectivamente, no hay agua que aguante.

Es urgente que los poderes públicos se pongan manos a la obra para enfrentar esta situación sin esperar a que alguien venga a solucionar los problemas; sin pretender que una COP de aquellas ponga freno al deterioro climático y sin creer que vaya a suceder un repentino cambio de ciclo por intercesión divina. El problema hidrológico existe y hay que atajarlo.

Hasta ahora, los programas que pretendían enfrentar en este problema se han convertido en programas clásicos de inversión parcelada, con pequeños proyectos ideados en el ámbito municipal o en alguna comunidad para resolver sus problemas inmediatos. Nunca se ha presentado un plan hidrológico departamental que al menos marque las directrices sobre lo que se debe hacer en este camino.

En Tarija hay antiguos documentos que tienen información consistente al respecto, estudios profundos de sus cuencas que son elementales ante cualquier decisión técnica con dosis políticas y que deben servir para que el departamento encuentre soluciones y no para entrar en otras rivalidades.

Urge un pacto departamental que salvaguarde las cuencas, que las respete, que evite poner en riesgo las fuentes de agua y permita maximizar la utilidad de las inversiones; un pacto que ordene las formas de aprovechamiento y optimice el consumo; un pacto de todos y para todos que nos haga ser un departamento eficiente en el manejo de sus aguas y afrontar la sequía de una forma seria y científica.

Tarija tiene con qué, solo hace falta que las autoridades en la materia dejen sus juegos de poder y se dediquen a la cuestión.


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