Qatar y el blanqueamiento

Qatar, con un inmenso cuerpo diplomático respaldado por uno de los más importantes fondos soberanos de inversión del mundo, enfocó toda polémica como si se tratara de un debate entre culturas

El Mundial de Qatar entra en su fase decisiva después de tres semanas en el que medio mundo ha estado pendiente del evento deportivo más importante del mundo apenas un poco por detrás de los Juegos Olímpicos, o tal vez por delante, esto se acabará de definir cuando se publiquen las cifras finales de audiencia y volúmenes de negocio del primer torneo celebrado en verano, que es invierno en el hemisferio norte.

Deportivamente está siendo un Mundial bastante predecible, como el fútbol moderno, tan encorsetado en lo táctico, tan temeroso a la derrota, tan entregado a lo físico. Apenas Marruecos o la tempranera eliminación de Alemania pudieron ser sorpresa en un torneo al que se le extraña la épica de otras veces, de esos pasajes en los que David tumba a Goliat, pero al final, esto ya no es lo más importante.

El Mundial de Qatar nunca fue ideado para la gloria deportiva de nadie – tal vez de Messi -, sino para la del emir y su familia Al Thani, la de un régimen que pretendía deslumbrar al mundo con sus fastos, sus excesos y sus lujos, y de momento, bien parece que lo ha conseguido.

Los llamados al boicot apenas prosperaron, los jugadores – entre los que ya no quedan símbolos de clase - evitaron cualquier polémica porque efectivamente no eran quién. Las Federaciones, que son Estados, ni siquiera se lo plantearon. Al fin y al cabo, ellas fueron quienes decidieron hacer un Mundial en un país sin tradición futbolera y que levantó cinco estadios de máxima categoría en la misma ciudad básicamente para un mes de competición.

Qatar, con un inmenso cuerpo diplomático respaldado por uno de los más importantes fondos soberanos de inversión del mundo, enfocó la polémica por su política contra las parejas del mismo sexo y otras leyes al margen de la Declaración Universal de los Derechos Humanos como si se tratara de un debate entre culturas, algo que en cualquier caso suele caer bien en occidente y en muchas democracias emergentes, como ha quedado claro con otras recientes polémicas internacionales.

De Qatar se ha escrito de todo y apenas quedan datos que puedan asombrar a nadie: ni su inmensa riqueza gasífera – la primera reserva mundial -, ni la riqueza de sus apenas 3 millones de habitantes apretujados en 12.000 kilómetros cuadrados – una tercera parte de Tarija -, ni sus particulares relaciones con el Reino Unido, del que fue colonia (protectorado) hasta 1971.

Los expertos en Relaciones Internacionales ubican más bien la celebración del fastuoso Mundial a gusto de occidente dentro de la compleja red de relaciones del Oriente Medio, siempre olla a presión, entrampada ahora en la transición energética después de llevar cincuenta años bañando a sus dirigentes en petróleo.

La cuestión es quién habrá “aprendido” más de quién, quién habrá abierto más la mente, quién estará ahora tolerando más a quién, si la monarquía absolutista que gobierna sin control o las democracias liberales que tan fanáticamente cuestionan otros experimentos de gobierno en otras partes del mundo.


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