Las cuentas de la CIJ

El norte de Chile, el de Argentina, el sur de Perú y el oeste de Bolivia son las regiones pobres dentro de sus Estados que necesitan converger para salvarse

La nueva derrota en la Corte Internacional de Justicia (CIJ) a cuenta del Silala estaba por demás cantada, pero no por ello la sentencia deja de ser dolorosa en tanto nos pone de nuevo contra nuestro espejo: nadie va a venir a resolvernos nuestros problemas.

El asunto es duro tanto para los que creen que la CIJ es una institución política como para los que están convencidos de que se trata del último guardián del alma pía de la civilización. Si fuera política, Bolivia podría estar pagando sus incongruencias en Naciones Unidas en tanto pide compensación por invasiones “ilegales” en los tiempos en los que las diferencias se resolvían a cuchillo, pero justifica los desmanes anexionistas de Putin en pleno siglo XXI.

Con la sentencia del Silala se hace evidente que o hay una mentira fuertemente arraigada o alguien no ha sabido a ver la defensa como corresponde

Aún así, sería menos doloroso que corroborar lo fallido de un argumento mil veces reiterado hacia dentro y poco hacia afuera. Al final, la sentencia viene a decir que el Silala es un río internacional y que hay que tratarlo como tal, respetando a los vecinos y el resto de convenciones internacionales que hablan sobre esto. Ni rastro del manantial canalizado ni de los pagos u otros criterios, y aquí es que se hace evidente que o hay una mentira fuertemente arraigada o alguien no ha sabido a ver la defensa como corresponde.

Con todo, Bolivia es culpable de no haber sabido nunca hacer nada con el agua de ese manantial que emerge en una de las regiones más pobres y secas del mundo: “La debilidad de Bolivia, sale a relucir al comprobarse que es incapaz de instalar una hidroeléctrica, una embotelladora de agua potable o desarrollar cultivos de quinua o cría de camélidos. Mientras Bolivia no utilice en su territorio, por lo menos la mitad de esas aguas, no modificará su debilidad negociadora” decía ya hace más de quine años el último gran intelectual de la izquierda nacional, Andrés Soliz Rada.

Ahora, el efecto de una sentencia vinculante asumida por las partes debe ser siempre un estímulo. Ver en la necesidad virtud y en la derrota oportunidades resulta elemental en este momento. El agua, como el litio, son los asuntos clave del futuro inmediato y en esas, los tres países involucrados en el triángulo del litio y Perú desde su sur, al norte del resto, también pueden tener cosas que decir.

Si a la guerra no vamos a ir, que no parece, Bolivia debe avanzar en una nueva estrategia que sume voluntades y recursos y no más enemigos. El norte de Chile, el de Argentina, el sur de Perú y el oeste de Bolivia son las regiones pobres dentro de sus Estados, por lo que encontrar caminos de desarrollo a través de soluciones creativas en forma de zona de especial integración continental con soberanía compartida o similar pasa por ser una obligación.

Es tiempo de moverse rápido – como lo fue tras la sentencia por el mar -, de trenzar alianzas sólidas y de fortalecer las capacidades estatales, de capturar la atención y de ver o positivo. Las sinergias entre todos los gobiernos involucrados difícilmente podrán ser más favorables. Es hora de abrir un nuevo estadio, de subir un nivel, de creer que es posible.


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