COP 27: Los ricos pagarán la cuenta, pero…
Existe el compromiso de crear un fondo para compensar “daños y pérdidas” ocasionadas por el cambio climático sin buscar responsable, pero no se especifica como se llenará ese fondo ni su administración
Al final hubo acuerdo, y no tan decepcionante como cabía esperar. El plenario de clausura de la conferencia del clima celebrada en Egipto ha cerrado el pacto para crear un fondo de "pérdidas y daños" destinado a reparar los peores efectos del clima extremo en las naciones más vulnerables y que básicamente es un eufemismo para no reconocer que en esto del cambio climático hay víctimas y verdugos, pero pase.
El acuerdo es una suerte de victoria para muchas naciones en vías de desarrollo y los países menos adelantados perjudicados por los impactos de la crisis climática (muchos de ellos estados insulares que sufren daños devastadores) que venían sosteniendo esta demanda desde hace años, pero no deja de ser una declaración que tendrá que someterse a los rigores de la burocracia, por lo que nadie se atreve a ponerle una fecha concreta.
Para muchos observadores esta es un éxito diplomático y político de las naciones en vías de desarrollo y de los defensores de la justicia climática, quienes han venido exigiendo al mundo industrializado una respuesta solidaria, en forma de justa compensación económica, como contrapartida a los sucesos de meteorología extrema (sequías, incendios forestales, inundaciones y demás) a los que se han debido enfrentar a causa de las emisiones que calientan el planeta y originadas en el mundo industrializado.
Sin embargo, las naciones desarrolladas eluden hablar de “compensaciones” o “responsabilidad” y entienden que el fondo sencillamente debe servir para reparar y restaurar servicios y equipamientos en los países más trágicamente golpeados por estos episodios devastadores.
El acuerdo deja claro que las naciones desarrolladas no contraen una “responsabilidad legal” jurídica, algo que abriría las puertas a tener que afrontar indemnizaciones por estragos antes posibles demandantes.
Ahora, la euforia no debe conllevar a engaño. El fondo carece ahora de recursos concretos y no hay garantía de que los países ricos desembolsen nada que sea proporcional a los crecientes costos de los desastres climáticos en las comunidades menos capaces de hacerles frente.
En 2009 en Copenhague los gobiernos del mundo acordaron que los países ricos proporcionarían 100.000 millones al año en financiamiento climático a los países en desarrollo para 2020 y, sin embargo, esto aún no se ha materializado.
Los países ricos además tienen excusa. Su objetivo fue continuamente ampliar los compromisos de los países para intensificar la reducción de emisiones de gases o para arrinconar a los combustibles fósiles, causantes del calentamiento, pero eso no ha sucedido. El calendario es el que es y las limitaciones son las que son. Por una vez hubo un compromiso de pagar la cuenta antes de que los pobres sigan asumiendo compromisos contra su propio desarrollo.
La carrera sigue siendo dura. El cambio climático es un hecho irrefutable, pero cada vez es más evidente que los esfuerzos deben concentrarse en reducir, en que los países ricos decrezcan, porque de lo contrario, todos los esfuerzos del sur quedan simplemente en nada.


