La COP 27 y la estrategia del capital
Las tres patas que se discuten para enfrentar el cambio climático se sustentan sobre los recursos que se destinarán a cada uno; y todos se manejan desde lógicas de acumulación
Avanza la Cumbre de Clima, o eso dicen. La especial ubicación elegida para esta COP 27, en los confines de Egipto, ha conseguido tal vez lo esperado para una cita que debía ser clave para hablar de lo concreto del cambio climático: los dineros.
Por el balneario de Sharm El Sheij han pasado unas 30.000 personas, unos 600 vinculadas a los negocios hidrocarburíferos oficialmente además de delegaciones de funcionarios de 193 países y más de diez mil activistas, oenegeros y otros representantes de la sociedad civil que, según reportan los medios hasta allí también desplazados, son muy importantes porque “presionan” a los tomadores de decisiones. Evidentemente este supuesto rol debería ponerse muy en cuarentena a tenor de las conclusiones de las últimas 26 COP y el incremento de la temperatura promedio del planeta
El objetivo era claro para los países pobres, que ahora, en la jerga multinacional se llama “Sur Global”: apuntalar de una vez la “tercera pata del banco” en la que se sustenta esto de la lucha contra el cambio climático, y que básicamente es el capítulo “pérdidas y daños”, un eufemismo como otro cualquiera para hablar de los efectos provocados por los países ricos en el planeta, pero sin mencionar nada de su responsabilidad para que nadie se enfade.
La teoría dice que cuanto más mitiguemos el cambio climático en este momento, más fácil será adaptarse a los cambios que ya no podemos evitar
Hasta ahora, todas las cumbres desde París 2015, la cumbre que renovó los objetivos de Desarrollo Sostenible, han versado sobre la mitigación y la adaptación. Mitigar el cambio climático significa evitar el avance, y en esto, se ha consensuado que la batalla para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero -que atrapan el calor- hacia la atmósfera es la clave para evitar que el planeta se caliente de manera más extrema. Por su parte, adaptarse al cambio climático significa alterar nuestro comportamiento, practicas, sistemas y -en algunos casos- forma de vida para proteger a nuestras familias, nuestra economía y el entorno en el que vivimos.
La teoría dice que cuanto más mitiguemos el cambio climático en este momento, más fácil será adaptarse a los cambios que ya no podemos evitar, pero ¿qué pasa con la destrucción provocada en el pasado? El asunto sigue vedado al debate y el único avance en tantos años es el de las muchas promesas para constituir un fondo que compense esas “pérdidas y daños” al parecer producidas por el espíritu santo.
En realidad, las tres líneas de trabajo tienen que ver con lo mismo: con los recursos puestos encima de la mesa para desarrollar alternativas a lo que actualmente se necesita y se utiliza. Así el asunto de la descarbonización, de la transformación al coche eléctrico y de la implementación de energías “limpias”, por ejemplo, se han convertido ya en asuntos ineludibles y asumidos que ya nadie puede discutir. En los países ricos ya han avanzado y en los países pobres no habrá más remedio, pero no será gratis.
Todos los fondos vienen y vendrán direccionados sobre lo que hay que hacer, y mientras tanto, nadie se plantea decrecer como la lucha más efectiva contra el cambio climático que ha desatado el modelo capitalista desaforado. ¿Por qué esta vez, cuando las lógicas siguen siendo las mismas, debería ser diferente?


