La economía que “aguanta” y la seguridad

Bolivia logra aislarse de las grandes tensiones financieras en el mundo, que se manifiestan en los combustibles y los alimentos, pero requiere ingentes recursos públicos

Pasan las semanas y el modelo económico boliviano “aguanta”, como apostillan los profetas del caos cada vez que deben referirse a la economía estatal. Bolivia es el país de la región y tal vez del mundo con la inflación más baja en estos momentos de descontrol monetario. De hecho, está muy por debajo del totemizado 2% que predican los banqueros centrales de las grandes economías del mundo, y es que, de hecho, lleva muchos años así. La clave es la que es, inversión pública – aunque muy limitada en este 2022 –, subvención a los combustibles e intervención del mercado agroalimentario, principalmente limitando la exportación de productos cuando los precios tensionan hacia arriba y colocando producto de alta demanda en el mercado a precios muy bajos, como en el caso de la harina, que permite mantener los precios en sus referencias.

La Renta Petrolera ya no es lo que era y no se espera ninguna mejora en el corto plazo ni con Lula en el gobierno de Brasil porque YPFB no toma decisiones

Con estas políticas ya implementadas antes de la reciente crisis, Bolivia logra aislar al país de las grandes tensiones financieras en el mundo, que precisamente se manifiestan en los combustibles y los alimentos, y también en la electricidad, otro factor que en principio no preocupa a ENDE porque el país funciona aislado y autosuficiente y más bien se alista para la exportación.

En esta situación todo parece cómodo, pero efectivamente sí existe un riesgo evidente: si el Estado se vacía y no quedan recursos para acometer las compras mínimas de combustible o de productos agrícolas de primera necesidad con las que se están interviniendo el mercado, Bolivia se convertirá en una bomba de tiempo que le estallará al primero que ose tomar una medida impopular, y el catálogo es grande.

El modelo boliviano solo es sostenible si el Estado tiene recursos para atenderlo, y lo cierto es que los ingresos están a la baja, no solo por el populismo fiscal que se ejerce a diario sino porque los tiempos han cambiado. La Renta Petrolera ya no es lo que era y no se espera ninguna mejora en el corto plazo ni siquiera con Lula en el gobierno de Brasil, porque el problema no es solo que nos compren menos, sino que producimos menos. Las regalías mineras siguen siendo irrisorias y las presiones para rebajar las cuotas y aportes son permanentes, y la industrialización del litio está mucho más retrasada de los que se preveía, pues se esperaba entregar los nuevos complejos a principio del próximo año y, de momento, no hay calendario para ello.

Las posibilidades de que el Tesoro General de la Nación pueda llenarse con la aplicación de nuevos impuestos a las personas físicas, más allá de alguna reforma puntual en el IVA o en el RC-IVA, está descartada. La posibilidad de retirar parcialmente la subvención a los carburantes, aun sea para vehículos privados o de lujo, sería un suicidio político, y confiar en el endeudamiento externo, aun cuando el margen en relación al PIB es aceptable, sería comprometer la estabilidad del largo plazo.

El Gobierno debe ser capaz de gestionar estas claves sin generar incertidumbre, que es su especialidad, a pesar de tener buenos resultados. Crecer sin inflación en un contexto internacional complejo es de por si una tarea titánica que debe ser sostenida.


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