COP 27, fracaso anunciado
Apenas nada de lo que se comprometió en la cita anterior, en Glasgow, se ha cumplido. Los países ricos, que hablan de financiación, no mueven ficha, pues cuando no es una crisis, es una pandemia o es una guerra.
Arranca en Egipto una nueva Conferencia de Partes auspiciada por Naciones Unidas (ONU) dedicada exclusivamente a la crisis climática. Son las famosas COP, que se celebran anualmente y ya van por la 27, es decir, más de un cuarto de siglo en el que sí se ha identificado un problema que ya nadie niega – el calentamiento global amenaza a la humanidad -, pero sobre el que no se ha hecho nada al respecto más allá de los discursos grandilocuentes y apocalípticos.
El asunto es sencillo: nadie en el lado rico del mundo está dispuesto a decrecer. Mientras tanto, sí han desplegado todo un catálogo de acciones que los países pobres – que ahora llaman “sur global” – deben asumir para disque desarrollarse sin perjudicar al planeta, como sí hicieron ellos en el pasado reciente.
El plan marcado habla de descarbonizar y se materializa sustituyendo el consumo de combustibles fósiles y todo aquello que genere gases de efecto invernadero. En la palabra está la clave: nadie habla de eliminar, ni de limitar, sino de transformar todo aquello que se puede comprar; un mecanismo que, por supuesto, deja a la suerte del mercado la regulación de precios de acuerdo a la ley de la oferta y la demanda.
Pero, además, la estrategia tiene más trampa: son los Estados ricos los que están financiando el desarrollo de los principales hitos de esa transformación. Así, lo han hecho con los sistemas de generación eléctrica limpia como la eólica y la energía solar; ahora están subvencionando el desarrollo del vehículo eléctrico y toda la instalación de la infraestructura sobre el territorio que se precisa, y ya se empiezan a hablar de nuevas fuentes primarias de energía, como el hidrógeno verde y otros. Todo es caro y sigue siendo caro, pero en el norte se subvenciona a modo de “inversión”.
El siguiente paso, claro, es implantar todo eso en el resto del planeta, el de los países que no contaminan, con planes de adaptación y transformación carísimos que contarán con cómodos planes de financiación, al menos de inicio, pero que por el compromiso con los organismos internacionales, o por sus deudas contraídas, acabarán asumiendo sin levantar la voz. Esa parece ser la única estrategia.
Sobre la mesa no está la posibilidad de que los países ricos, por ejemplo, limiten su propio crecimiento, controlen su consumismo compulsivo o aprendan a comprar en su entorno más cercano y no a miles de kilómetros por muy verde y ecológico que sea el producto que quieren adquirir. No. Las familias europeas tendrán pronto tres vehículos por unidad en promedio, pero serán eléctricos, mientras que la mayoría de las familias del “sur global” apenas sueñan con adquirir una bicicleta que les permita llegar antes al colegio.
A la cumbre se llega más o menos con las manos vacías. Apenas nada de lo que se comprometió en la cita anterior, en Glasgow, se ha cumplido. Los países ricos, que hablan de financiación, no mueven ficha, pues cuando no es una crisis, es una pandemia o es una guerra. Su medida estrella es impulsar un mercado de bonos de carbono bajo la lógica capitalista que, al final, acabará condenando a los países pobres a hipotecar su futuro vendiendo su “derecho” a contaminar.
Desde París se viene asegurando que los países del “sur global” acabarán dando un golpe sobre la mesa, pero lo cierto es que eso tampoco pasa. La precariedad y este nuevo colonialismo apegado a la geoestrategia ha diseminado el miedo a discrepar y a liderar.
El silencio indica que cada cual hará lo que pueda. En esas estamos. En esas se espera, de alguna forma, salvar el planeta sin identificar a los culpables.


