Brasil, el camino de la integración
En Sudamérica se está avanzando con propuestas de izquierda que se quedan en la democracia liberal, pero apuestan por acortar las brechas y acabar con la pobreza con la intervención del Estado.
El resultado de las elecciones en Brasil deja en el aire la estabilidad de un país gigante, maltratado y vulnerable. Que la gobernabilidad no iba a ser fácil se sabía; concretar la mínima distancia porcentual (aunque en votos son más de dos millones de votos) pone aún más en alerta a la mitad de un país, que deberá resguardar la institucionalidad durante dos meses: el traspaso de poderes en Brasil será el 1 de enero de 2023.
Hasta entonces hay motivos más que justificados para contener la respiración. El propio presidente en funciones, Jair Bolsonaro, ha cuestionado en el pasado la credibilidad de su sistema electoral y se ha enrocado durante dos días para no hacer declaraciones al respecto del resultado, mientras sus seguidores se resisten a perder el poder. La estrategia judicial de impugnar la candidatura de Lula sigue en marcha y cualquier cosa, ciertamente, puede pasar. Las Fuerzas Armadas, claramente partidarias de Jair Bolsonaro, serán claves. Si alguien piensa que a estas alturas aún se puede asestar un Golpe de Estado de los de toda la vida en algún lugar, Brasil tiene todas las condiciones y coyunturas para ser el elegido.
Brasil era el país clave y finalmente ha caído del lado que apuesta por la integración continental, por encontrar un futuro común
Pero no todo tiene que ver con la conspiración; Bolsonaro y sus simpatizantes controlan la mayoría de los Estados federados más ricos y también son el mayor bloque en el parlamento, un parlamento en general obsesionado con exhibir su poder y enredado en docenas de asuntos turbios, transfugios y votos ocultos que darían para llenar varias novelas de terror.
La otra llave la tiene Lula da Silva, el futuro presidente que retorna al poder después de vivir un calvario judicial a pesar de haber abandonado el poder en 2011 con un índice de aprobación superior al 80%. El bolsonarismo insiste en precisar que una cosa es que las condenas se anularan por tecnicismos y otra, que se le declarara inocente, lo cual es cierto.
De las acciones de Lula, más que de sus palabras sobre la democracia y la fraternidad, que ya las ha ido colocando en cada oportunidad, dependerá que la transición sea rápida y efectiva, y también irreversible. Su primer discurso con voz lacónica y pose pragmática va dando pistas de lo que pretende hacer.
Para el resto del continente, la victoria de Brasil es una esperanza para la integración. El 85% de la población sudamericana está ahora gobernada por la izquierda, entre ellos, sus principales economías. Solo Ecuador, Uruguay y Paraguay se mantienen al margen de esta nueva ola progresista que llega con más poso y más cálculo, con agendas más profundas que el simple hecho de hacerse ver. Brasil era el país clave y finalmente ha caído del lado que apuesta por la integración continental, por encontrar un futuro común y un acuerdo de mínimos que permita tener una voz importante en el concierto internacional.
El mundo está cambiando a marchas aceleradas, la derecha ha perdido su herramienta económica neoliberal para explicar el mundo por los fracasos evidentes que acumula desde los 90, por lo que sus representantes han oscilado hacia una ultraderecha que predica desde el prejuicio, el racismo y el clasismo. En Sudamérica parece que se está logrando plantar cara a ese monstruo de alma fascista con propuestas de izquierda que se quedan en la democracia liberal, pero apuestan sobre todo, por acortar las brechas y acabar con la pobreza con la intervención del Estado.
Veremos si todos los Estados están prestos a acelerar un proceso de integración honesto que es clave para el mundo contemporáneo.


