Brasil, última llamada
El continente se juega hoy la posibilidad de avanzar en términos de integración y representación, volver a una senda donde se oiga la voz de Sudamérica en los foros internacionales
En Brasil se libra hoy una batalla de interés internacional, un choque de modelos descafeinados que tratan de acomodarse a lo que se supone dicen los sondeos que sus votantes esperan de ellos, al mismo tiempo que acomodan sus postulados ideológicos a la realidad pragmática. Brasil decide hoy entre el expresidente Lula da Silva y el actual, Jair Bolsonaro, en lo que es una elección clave para la deriva del continente en la búsqueda de su propia identidad y camino.
Jair Bolsonaro llegó al poder en la elección de 2018 casi sin avisar, montado en una ola de vergüenza a indignación por la corrupción que permitió movilizar desde la emotividad a grupos populares de lo más diverso. En su agenda política, además de un deformado patriotismo más tendente a lo racial y xenófobo, se priorizaba una agenda ultraliberal que pretendía disminuir la participación del Estado a cero en todos los ámbitos de la vida brasilera. Petrobras, epicentro de la corrupción que descabezó a Dilma, era algo así como el símbolo. De rebote, acabar con el contrato de importación de gas dese Bolivia era también parte de la agenda.
Cuatro años después, Bolsonaro no solo no ha completado la privatización de Petrobras y ha firmado nuevas adendas con Bolivia que le permiten mantener el precio de los combustibles bajos, sino que en la última parte de la legislatura ha buscado artilugios constitucionales para entregar más bonos, más prebendas y multiplicar los programas de subsidios para tratar de asegurar más votos a través de un intervencionismo clásico y de manual.
Por su parte, Lula da Silva llegó al poder en 2003 dentro de la ola de cambio que sacudió el continente harto de las políticas neoliberales que, literalmente, lo habían vaciado en tiempo récord. Lula era un símbolo de la izquierda con una clara determinación social, lo que acompaño el crecimiento sustantivo y el empoderamiento de las clases bajas, pero también el del conjunto del país.
Lula no era un revolucionario propiamente dicho, pero esta nueva elección lo ha llevado muy lejos de sus postulados originales, buscando refugio en los grandes partidos tradicionales y poniendo por delante la moderación y una suerte de bandera democrática frente a los excesos de Bolsonaro que nunca ha acabado de cuajar entre el electorado.
A la fecha, nadie cree en las encuestas por motivos obvios. Lula sigue siendo el favorito como ya lo era en la primera vuelta, donde no llegó a sumar el 50 por ciento por apenas dos puntos, mientras que el voto oculto de Bolsonaro sigue siendo enorme.
El continente se juega hoy la posibilidad de avanzar en términos de integración y representación, volver a una senda donde se oiga la voz de Sudamérica en los foros internacionales frente a un aislacionismo voluntario que nada aporta. Los brasileros tienen la palabra y lo cierto es que no cualquier cosa da igual.


