Cambio climático: Decrecimiento o destrucción
Mientras no se haga un verdadero reparto de esfuerzos donde los culpables sacrifiquen más que los que apenas un aportado al desastre, no hay ninguna posibilidad de salvación
Este sábado es el Día Mundial por el decrecimiento, el concepto clave de la lucha contra el cambio climático que sin embargo se mantiene oculto entre miles de planes, programas y compromisos de París que tienen en el centro otra idea: comprar y comprar sin parar.
El asunto es sencillo: el deterioro del planeta no se va a detener en tanto todas las naciones del mundo y sus corporaciones sigan impulsando esa carrera endemoniada hacia un desarrollo que ha perdido su esencia y que hoy por hoy se resume en acaparar todo lo posible y consumir más. De todo. De lo que sea.
La lucha contra el cambio climático, dictada desde los países hegemónicos de la OCDE, se ha enfocado de la misma manera. Así, todo el planeta debe cambiar ahora su auto por uno eléctrico construido en quién sabe qué lugar del planeta con litio extraído de no se sabe dónde; comprar tablets ecológicas; consumir frutos rojos orgánicos producidos en la otra punta del globo; hacer deporte con decenas de complementos propios de atletas olímpicos y consumir docenas de series en plataformas online, pero nadie se plantea que a lo mejor es posible vivir con menos.
Nadie en Europa o Estados Unidos está dispuesto a decirle a sus votantes que deben acostumbrarse a comprar menos, a apagar el aire acondicionado por la noche, a bajar la calefacción, a guardar las sobras del almuerzo para el día siguiente o a tener “solo” dos abrigos para pasar el invierno.
Curiosamente, estos mismos dirigentes sí son capaces de imponer a los países en vías de desarrollo como el nuestro, planes de conversión energética que implican no utilizar nuestros combustibles fósiles para calentar los hogares mientras nos endeudamos “en verde” para construir plantas fotovoltaicas que aprovechen el sol o enormes molinos de viento que inyecten electricidad al SIN.
Es el hiperconsumismo convertido en política global con la excusa del compromiso ambiental con el planeta. Una política que considera más apropiado que una familia de tres miembros tenga tres vehículos híbridos construidos a 18.000 kilómetros, a que otra familia mantenga a duras penas una petita a diésel construida hace quince años al otro lado de la frontera. Una política que cree que se puede cambiar todo el parque automotor boliviano a eléctrico en menos de diez años cuando llevamos tres décadas sin poder completar el cambio a gas natural. Políticas que no tienen en cuenta las realidades nacionales, sino que se basan en supuestos desarrollados por científicos el primer mundo impulsados por burócratas que no tienen ninguna intención en que el mundo se detenga.
Probablemente el cambio climático vaya a arrasar el planeta más rápido de lo que las proyecciones, pero mientras no se haga un verdadero reparto de esfuerzos justo, donde los principales culpables sacrifiquen más que los que apenas un aportado al desastre, no hay ninguna posibilidad de salvación. Es cuestión de condición humana.


