Algo pasa ahí fuera

Mientras en Bolivia seguimos discutiendo de asuntos recurrentes, el mundo parece estar a punto de cambiar de ciclo tras un largo periodo de unilateralidad neoliberal

Sea por fortaleza o por desconexión, o por la habitual costumbre de autodestruirnos con pequeños asuntos coyunturales mientras el mundo exterior muta, Bolivia parece vivir al margen de las tensiones que imperan en todo el mundo y que parece, esta vez sí, acabarán por dar forma a un nuevo orden mundial.

La cuestión es que ahí fuera hay una especie de gran reloj imaginario contando los días para la destrucción del planeta vía cambio climático. Todos los indicadores no hacen nada más que empeorar mientras los países ricos exigen reformas imposibles al resto del mundo mientras ellos se niegan a decrecer.

En medio de esas tensiones ya existentes llegó una pandemia brutal que encerró a media humanidad en sus casas y nos evidenció más vulnerables y solitarios. Los ricos volvieron a conjugar lo de la solidaridad mientras acaparaban vacunas para el triple de personas que su propia población y de paso, quebraban todas las cadenas de suministros de bienes y materias primas ante una alteración de la demanda guiada por la paranoia y el cortoplacismo.

Después inició una guerra en Ucrania que tiene por protagonistas de un lado a Putin y su Rusia imperial y del otro, la OTAN de Biden, con menos hidalguía que un caniche, más ocupado en someter a la Unión Europea que a otra cosa. La novedad de la guerra es que es en Europa entre dos países que son potencia agroalimentaria y además, con mucho petróleo, así que el impacto es global.

Mientras, los movimientos políticos se han ido extremando en función del momento, a veces incluso de forma pendular. Lo de izquierda y derecha es lo de menos, aunque en Londres ha caído una premier en 45 días por aplicar los postulados que la derecha lleva 30 años exigiendo; en Sudamérica ha ganado la izquierda donde nunca lo hacía – Chile, Colombia, Perú; en Europa hay partidos nazis y fascistas gobernando naciones como Italia y hasta los Marcos han aterrizado de vuelta a Filipinas.

China es en esto la última piedra de toque, una especie de ejemplo de cómo la ideología muere, la democracia también y los aparatos siguen funcionando y creciendo por pura dinámica expansiva. Los profetas de la guerra del fin de los tiempos han visto en el Congreso reciente un paso más de Xi Jinping para conducir al mundo al abismo, según la prensa occidental, que no entiende que los mil millones de chinos también tengan derecho a comer tres veces al día.

Para algunos el nuevo ciclo empezó con la caída de la URSS y contempla etapas como el desastre neoliberal perfectamente identificable en Sudamérica y sus múltiples revoluciones de principio de siglo y la crisis financiera de 2008 que se alargó para dar cuenta de que el modelo unipolar capitalista no funciona sin el respaldo de los Estados.

Ver la trascendencia de la globalidad cambia la perspectiva de nuestros problemas terrenales, incluso esa amenaza permanente de la inflación, que azotará cuando no queden recursos públicos para sostener el subsidio a los carburantes e intervenir en el mercado de los alimentos para que nada se disparen demasiado. De vez en cuando conviene recordar que hay vida ahí fuera, y que, aunque aún seamos dueños de nuestras decisiones la avaricia acecha, como el clima.


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