20-O: ¿Hora de cerrar heridas?

Hasta hoy se siguen lanzando hipótesis y creando teorías sobre un asunto juzgado en las ánforas; alimentando relatos en uno y otro sentido que interesan a sus promotores para salvarse a sí mismos

Aunque parezca que ha pasado una eternidad, es apenas hace tres años que Bolivia en pleno contenía la respiración. Por primera vez en diez años el presidente Evo Morales llegaba muy tocado a su intento de reelección, y no lo hacía porque se hubieran formulado propuestas de país alternativas mucho más atractivas o porque alguna crisis económica profunda recomendara un cambio de modelo y por ende, de gobierno, sino por la terquedad del círculo palaciego en mantener a Evo Morales como candidato por encima no solo de la Constitución Política del Estado, sino por encima de un referéndum donde se consultó al pueblo y donde el pueblo dijo no.

El MAS pudo haber ganado aquel referéndum en el que los asuntos personales desviaron la atención de la pregunta de fondo si en vez de pedir una excepción sólo para Morales y su vicepresidente Álvaro García Linera lo hubiera hecho para todas las autoridades electas, incluyendo gobernadores como Rubén Costas o alcaldes como Luis Revilla. Incluso pudo haber evitado todo aquel “espectáculo” recurriendo solo al Tribunal Constitucional y aquella interpretación sobre el Derecho Humano a la reelección indefinida como ya hizo en 2014 para anular la disposición transitoria del texto constitucional que computaba los periodos anteriores a la hora de interpretar la limitación de mandatos. Sin embargo, se preguntó al pueblo y dijo no.

El MAS llegó a la elección de 2019 siendo un partido sólido y consolidado, hegemónico como siempre, pero negando la realidad de tener un candidato inconstitucional a los ojos de todos los votantes, que básicamente eran los mismos de 2016.

El MAS iba a ganar, pero en el aire estaba la posibilidad de llegar a una segunda vuelta inédita en el país, sobre todo porque en los últimos días de la campaña y durante el silencio electoral funcionó muy bien aquello del “voto útil” para Carlos Mesa que desinfló a los Demócratas – que antes habían descabalgado a Samuel Doria Medina – y a todas las demás opciones, que eran marginales, pero funcionales al objetivo de arañar votos que alejaran la posibilidad de la segunda vuelta.

Santa Cruz fue clave, pero en el cómputo pasó lo que pasó; Morales acabó concediendo incluso la anulación de las elecciones y la convocatoria de unas nuevas sin él de candidato, pero no tuvo más remedio que renunciar ante la masa empoderada, que dio paso a un gobierno de Jeanine Áñez consolidado con el apoyo de militares y policías, ambos fundamentales en la caída de Morales.

Áñez se alargó en el cargo e incluso quiso ser candidata, pero el MAS saneado con un candidato constitucional volvió al poder con amplia mayoría luego de un tormentoso año de gestión clasista y abusiva marcada por la pandemia, que fue la mejor campaña para el propio MAS.

Hasta hoy se siguen lanzando hipótesis y creando teorías sobre un asunto juzgado en las ánforas; alimentando relatos en uno y otro sentido que interesan a sus promotores para salvarse a sí mismos, pero lo cierto es que hoy la ansiedad económica se superpone a las pulsiones políticas. Tal vez sea hora de ir pasando página, pues a nadie parece convenirle demasiado quedarse en aquel pasado.


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