Bolivia y el trabajo decente

El desempleo es prácticamente inexistente, pues en un país sin red de protección social al margen de la familia, no hay nadie que se pueda permitir el lujo de no trabajar, pero eso no implica calidad

Ayer se conmemoró en todo el mundo la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, una fecha promovida desde la Confederación Sindical Internacional y que básicamente es una jornada de lucha y exigencia. El “trabajo decente” es evidentemente un acuerdo de mínimos entre realidades diferentes para que esto se adapte a las condiciones de cada país, donde las problemáticas son diferentes, pero que tienen una consideración común al recordar que los trabajadores son el centro de cualquier modelo económico, y que las mejores condiciones para su desempeño son garantía de calidad.

En Bolivia la Central Obrera Boliviana, desde hace unos cuantos años, ha dejado de lado cualquier reclamación laboral que no tenga que ver con el incremento salarial o con el “doble aguinaldo”, dos conceptos que apenas llegan a la inmensa mayoría de los trabajadores de este país, que se ganan la vida en la informalidad, al margen de cualquier regulación de las que disfrutan precisamente los ejecutivos del obrerismo.

El pacto MAS – COB, que reservó muchos curules en muchos departamentos para consolidar una especie de “bancada obrera”, no ha servido sin embargo para desarrollar ninguna iniciativa legislativa en beneficio del común de los trabajadores. Al contrario, más parece que ha servido para desmovilizar y obviar las necesidades.

La tasa de desempleo en Bolivia, que se mide en términos de ocupación, es prácticamente inexistente, pues en un país sin red de protección social al margen de la familia, no hay nadie que se pueda permitir el lujo de no trabajar, sin embargo, desde la pandemia las condiciones laborales de la mayoría se han devaluado y las tasas de informalidad, que ya eran grandes, van en aumento.

El problema de la informalidad tiene demasiadas aristas, por lo que probablemente hace falta un plan integral para abordarlo de forma eficiente. La causa madre son las pocas opciones laborales existentes, resultado también de una falta de inversión privada y de la escasa cualificación profesional. Sin emprendimientos de verdad, es decir, de industrias, la mayoría se limita a autoemplearse en locales gastronómicos o en el comercio, demasiadas veces sin margen de ganancia más allá de vivir al día.

No se trata de asuntos personales, sino de sostenibilidad de un Estado que constitucionalmente se ha comprometido a salvaguardar la dignidad de sus personas mayores. El problema de la informalidad se paga en el largo plazo, cuando todo pasa, cuando los años pesan y cuando el no trabajar no es una alternativa para tantos que siguen viviendo del día y para los que la Renta Dignidad es un mal chiste.

Hace falta encontrar fórmulas que permitan que todos los bolivianos aporten para su futuro, para tener una jubilación digna que no dependa de la caridad ni de los servicios de un estado que hoy por hoy, no los puede garantizar.

En Bolivia hacen falta muchos más trabajos decentes, es una cuestión de justicia social.


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