Clima, injerencia y doble moral
Los esfuerzos que los países desarrollados exigen a los empobrecidos para frenar el cambio climático son desproporcionados e injustos con la historia
El reportaje de páginas centrales de este viernes lo firma Wambi Michael y lo publica en nuestro medio aliado, IPS. En el mismo expone sin tapujos las grandes sombras de la lucha contra el cambio climático con un ejemplo muy concreto: el oleoducto del África Oriental, Eacop en inglés.
El oleoducto es un proyecto impulsado por la gigante francesa Total y la no menos enorme Cnooc, de capital chino y que básicamente tiene todo el apoyo de los gobiernos de Uganda – donde se desarrollan los pozos - y Tanzania, donde se construyen los puertos por donde saldrá al mercado internacional. Algo así como el proyecto GNL de Gonzalo Sánchez de Lozada en 2003 pero entre dos países hermanados y sin un proyecto fijo al que vender, sino que se pretende incorpore producción al mercado libre internacional.
La autora describe la reacción local y las altas expectativas generadas en una zona endémicamente pobre y muy pobre, esquilmada desde siempre por las potencias hegemónicas, en este caso, Francia.
Entre otros datos, cabe recordar que África representa el 17 % de la población mundial y contribuye a menos de 4 % de las emisiones de gases de efecto invernadero, los que recalientan el planeta. Además, es la región menos energizada del mundo, pues el 78% de las personas sin electricidad del mundo, viven allí.
Los países desarrollados lo son a costa del planeta, desde esa posición son ellos los que han generado toda la información disponible, han desarrollado la estrategia que consideran mejor y han empezado a poner plazos al resto del mundo
Si se dejan de lado prejuicios y paternalismos sobre las altas posibilidades que existen de que ambos países africanos sean finalmente estafados por las empresas en cuestión y el petróleo y el gas se conviertan en una carga más para soportar en una región del mundo asaltada, parece evidente que se trata de una buena noticia para apalancar desarrollo y crecer en un tiempo muy agitado y con malas perspectivas.
Sin embargo, la Unión Europea, desde su parlamento, ha emitido duras palabras de condena y ha solicitado una moratoria sobre el proyecto alegando que impacta sobre espacios naturales de especial relevancia y que, en última instancia, va en contra del espíritu de lucha contra el cambio climático en el que (se supone) todos los países están comprometidos.
El asunto rezuma neocolonialismo por donde se vea y ahonda en un viejo debate, que no por viejo está superado: los países desarrollados lo son a costa del planeta, desde esa posición son ellos los que han generado toda la información disponible, han desarrollado la estrategia que consideran mejor y han empezado a poner plazos al resto del mundo para evitar un colapso al que, en cualquier caso, ellos siguen contribuyendo en mayor medida que los países pobres.
La pandemia ha demostrado que los ricos no son solidarios a la hora de la verdad y los precios disparados por la guerra en Ucrania, que no tienen escrúpulos para poner en marcha sus muy contaminantes minas de carbón si la situación lo amerita. En esas, los planes de lucha contra el cambio climático dictados desde Europa y basados en una suerte de sacrificio equitativo – pero que ralentiza el crecimiento de los más pobres – queda en evidencia: Los ricos no deben contemporizar su crecimiento, sino de decrecer, y los pobres no deben gastar millones en importar tecnología de punta sino en aprovechar sus recursos naturales de la forma más sostenible posible.
Hay otra forma de enfrentar el factor climático, pero exige ser consecuente y exigir mayores sacrificios a los que recién van a empezar a hacerlos. Mientras tanto, aguante África libre.


