La lejanía de Víctor Hugo Zamora

El ejercicio de ministro fue breve pero intenso: no hubo gestión que no llevara aparejado un escándalo de corrupción mientras se convertía en un fanático de Jeanine Áñez

Una nueva acusación formal por parte de la Fiscalía ha vuelto a poner de actualidad a Víctor Hugo Zamora, el más ilustre de los tarijeños que viven hoy por hoy en la clandestinidad después de once meses de excesos incatalogables, porque es difícil de explicar la transformación que sufrió el político de largo recorrido durante su breve tiempo en el Ministerio de Hidrocarburos de Jeanine Áñez.

Zamora pudo ser presidente porque a él le tocaba ser Vicepresidente segundo del Senado – cargo reservado a la oposición – en aquel último año de mandato, pero prefirió cambiarlo por la secretaría que le tocaba a Unidad Demócrata y que sobre el papel podía dar mucho más juego. También pudo serlo porque los obispos dicen que el MAS lo propuso como última solución en aquella mesa chica de la UCB donde se reunieron los “notables” a decidir quién se quedaba con el Estado.

Con todo, Zamora acabó siendo nombrado Ministro de Hidrocarburos, a la sazón presidente del Directorio de YPFB, y por ende, dueño de uno de los cuatro o cinco cargos más poderosos del país. Se trató entonces de una de esas carambolas rocambolescas que acaban saliendo bien, pero a la que, además, a la hora de ejercer, le sumó una desmedida adoración por la presidenta Jeanine Áñez.

Zamora siempre había sido un magnífico lugarteniente, concretamente, fue el segundo de Óscar Montes y su designado para “los asuntos de La Paz”, donde pasó diez años en diferentes cargos legislativos desde la oposición calculada y medida que el exalcalde y hoy gobernador definía. En su planteamiento político, al menos confesado, algo antes de las elecciones de 2019, Zamora aseguraba que pretendía retornar al departamento y muchos lo situaron ya en la carrera a Alcalde o, como segundo cualificado, como futuro presidente del Concejo Municipal, de hecho, sus últimos años como parlamentario solo sirvieron para arremeter contra el exalcalde Rodrigo Paz.

El ejercicio de Ministro fue breve, pero intenso: resolvió en tres meses una negociación que llevaba cinco años empantanada porque Brasil decía que no quería comprar más gas a Bolivia a través de Petrobras mientras Bolivia decía que faltaban recursos por entregar. Firmó una adenda en la que se perdonó el gasto de transporte y se rebajaron cuantiosamente los volúmenes obligatorios de compra, dos aspectos que beneficiaban a Brasil, aunque hoy lamente el segundo. Solo con la cláusula de transporte se estima un ahorro de 60 o 70 millones de dólares al año.

A parte de ese escándalo, que pasó sin más, coleccionó otros prácticamente en cada gestión que realizó: por la contratación de seguros, por la contratación del cáterin, por la compra de gasolinas, por todo, y mientras tanto adulaba a Jeanine Áñez y empezó a ejercer como ministro de salud de Tarija en tiempos de pandemia, donde tampoco le fue demasiado bien.

Acabó rompiendo con todos, empezando por Montes, y al final, huyendo del país al que parece va a tener difícil retornar en una buena temporada, y la pregunta no debe ser si le valió la pena sino cuándo podrá defenderse. Rendir cuentas es elemental antes de ponderar un legado.


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