El ajuste y el bolsillo nacional

La estabilidad económica no puede alcanzarse a costa del poder adquisitivo de las familias. Ningún ajuste será exitoso si deja atrás a la mayoría de la población

Toda política cambiaria tiene defensores y detractores. Existen abundantes argumentos técnicos a favor de un tipo de cambio “flexible” cuando una economía enfrenta desequilibrios profundos, así como razones igualmente sólidas para advertir sobre sus riesgos. Lo que ya no admite discusión es que ninguna modificación del régimen cambiario puede evaluarse únicamente desde la teoría. Al final, su éxito o su fracaso se mide en la vida cotidiana de las personas.

Bolivia acaba de superar la barrera de los diez bolivianos por dólar. Más allá de la cifra simbólica, el dato refleja una realidad que los ciudadanos vienen percibiendo desde hace meses: el boliviano compra menos, los bienes importados cuestan más y el costo de vida continúa aumentando mientras los ingresos permanecen prácticamente inmóviles.

El problema nunca fue exclusivamente el tipo de cambio. La escasez de dólares sigue siendo el verdadero cuello de botella de la economía nacional. Cambiar la forma de calcular el precio de la divisa puede contribuir a reducir distorsiones o acercar el mercado oficial a la realidad, pero no crea dólares allí donde no existen, y no es seguro que aquellos que sí los producen – mineros, agroindustriales exportadores, etc., - asuman libremente que deben devolverlos al país.

Si el país continúa generando menos divisas de las que necesita para importar combustibles, pagar deuda, abastecer al aparato productivo y sostener el comercio exterior, la presión persistirá independientemente del régimen cambiario adoptado.

La economía doméstica ya siente las consecuencias. El precio de los combustibles es prácticamente el doble que el año pasado, el transporte traslada esos mayores costos al resto de la cadena productiva y la inflación erosiona el poder adquisitivo de los salarios congelados. Sin embargo, los grandes industriales siguen recibiendo subsidios a la energía sin que tengan obligatoriedad de liquidar sus dólares en el país. Para miles de familias, el ajuste ya no es un concepto macroeconómico: es la diferencia entre llegar o no a fin de mes; para otras pocas, es una nueva oportunidad para acumular riqueza a costa de la especulación, y siempre cabe recordar que la estabilidad macroeconómica nunca puede construirse sobre el deterioro permanente del poder adquisitivo de quienes viven de su trabajo

Bolivia sigue siendo, además, una economía que piensa buena parte de sus grandes decisiones en dólares. Las importaciones, las inversiones, los créditos internacionales, la maquinaria, numerosos insumos industriales e incluso muchas expectativas económicas continúan referenciadas a la moneda estadounidense. Cuando el dólar se encarece y los salarios no acompañan esa evolución, la pérdida de capacidad económica es inmediata y profundamente regresiva.

Ningún proceso de ajuste será sostenible si descarga sistemáticamente sus mayores costos sobre trabajadores, jubilados, pequeños comerciantes y sectores populares. Son precisamente quienes tienen menor capacidad para protegerse de la inflación, menor acceso a mecanismos financieros de cobertura y menos margen para trasladar los aumentos de costos a terceros.

El Gobierno sostiene que estas medidas forman parte de una estrategia para estabilizar la economía. Puede ser. Pero toda estrategia debe ser evaluada también por sus efectos sociales. La ciudadanía necesita conocer cuál es el plan para recuperar el flujo de divisas, fortalecer las exportaciones, atraer inversión productiva, recuperar la confianza y evitar que la inflación continúe deteriorando el ingreso real de los hogares.

No basta con administrar la escasez. Es imprescindible explicar cómo se va a superar.

Porque el país necesita mucho más que un nuevo tipo de cambio. Necesita una política económica coherente capaz de reconstruir las fuentes de generación de dólares, reactivar la producción, devolver certidumbre a los mercados y proteger a quienes viven de un salario.

La historia económica de Bolivia enseña que las crisis suelen terminar pagándolas los mismos de siempre. Evitar que vuelva a ocurrir debería ser la principal prioridad del Gobierno. No por razones ideológicas, sino por una cuestión elemental de justicia y de estabilidad social.


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