Los ridículos precios de la vivienda en Tarija
En un mercado altamente inflado por la especulación, lo que se pone en riesgo son las familias del presente y del futuro. Los precios no responden a ninguna ley del mercado
En Bolivia rige el espíritu de la Ley de la Oferta y la Demanda para comerciar con un bien que responde a una necesidad vital y que bien podría ser un derecho humano: la vivienda, sin embargo, ninguna de esas leyes y esas lógicas se aplica en el mercado cotidiano sino más bien otras muy diferentes: las del engorde y la especulación.
En Tarija, sin ir más lejos y aún a la espera de que el Censo 2022 venga a corregir o aumentar las previsiones hechas sobre el de 2012, la cantidad de tierra disponible se ha multiplicado casi de forma infinita, pues no solo se ha definido la famosa “mancha urbana” en Cercado, sino que se viene haciendo la vista gorda con decenas de urbanizaciones irregulares – que de clandestinas tienen poco – que se construyen en el área rural, muchas veces sobre áreas de cultivo y productivas, sin que nadie diga nada.
A todo ese suelo disponible en un país de un millón de kilómetros cuadrados que nos coloca en el puesto número 28 del mundo, hay que añadirle que somos apenas 11 millones de habitantes, que nos colocan en el puesto número 87 y con una densidad de apenas 11 habitantes por kilómetro cuadrado.
Hay más datos. Por ejemplo, hace 20 años se promediaban 4 hijos por mujeres, ahora apenas 2,6 y sigue bajando, lo que anticipa en unos 20 años una tasa de crecimiento vegetativo apenas de reposición de la población existente.
Otro, ni los bancos apuestan especialmente por la creación de nuevas familias, pues niegan sistemáticamente el crédito, y ni siquiera los programas del gobierno para acceder a créditos para vivienda social son accesibles, al menos en Tarija, por sus bajos salarios y altas exigencias de tipo de interés.
A más, Tarija lleva seis años seis, seguidos, destruyendo Producto Interno Bruto y la principal queja entre las familias jóvenes es la falta de oportunidades laborales, con estabilidad y salario mínimamente digno como para acceder a un crédito decente, pues las tasas siguen rondando el 9 por ciento.
Si operaran las lógicas del mercado, los precios hacía años se debían haber derrumbado o al menos estancado, pero lo cierto es que lotes de apenas 300 metros en comunidades rurales o barrios alejados siguen costando al menos 25.000 dólares y los departamentos modestos en barrios más populares no bajan de los seis dígitos.
Se trata probablemente de una burbuja inmobiliaria, de lotes de engorde adquiridos de forma más o menos regular, cuyos trámites no siempre están terminados, o de negocios a caballo entre la especulación y la estafa pura y dura solo aptos para incautos o desesperados, que creen encontrar la oportunidad de su vida en la punta del cerro.
La vivienda es el elemento básico de la constitución familiar. No hay familia sin casa. Y si las casas se vuelven imposibles, si no hay recursos ni forma de acceder, el problema es que lo que dejará de haber serán familias dispuestas a querer una casa y todo se convertirá en una pléyade de astros independientes y a veces solitarios que no abandonarán el nido familiar con todo lo que eso supone.
Sin duda que los planes estatales no están siendo suficientes para pinchar una burbuja especulativa que se está llevando por delante nuestro futuro en el aspecto más pragmático de todos. Es necesario que todos se comprometan a hacer nuevos esfuerzos. Por la salud del Estado.


