La renuncia a la universidad

Quienes más deberían estar sacando la cara por las universidades son los docentes, y esto no supone salir a marchar cuando toque, sino mejorar las currículas, hacer investigación, publicar y ser exigentes

No es en la universidad en el único lugar donde el hedor a corrupción se siente, pero sí es uno de los que da más coraje el sentirlo, básicamente porque la podredumbre moral en la que se vienen convirtiendo las casas de estudios superiores afecta al desarrollo futuro del país y de muchas de sus generaciones.

La autonomía universitaria se incluyó en la arquitectura académica para desarrollar al margen de los vaivenes políticos el único bien real de cada país: sus jóvenes, pero poco a poco, el cogobierno que emanó de esas mismas reflexiones se ha ido concentrando más en la gestión de recursos económicos en el corto plazo, que sin duda le sirven a muchos universitarios para saciar sus urgencias en lo inmediato, y muy poco se interesa en los efectos de largo plazo.

El nivel académico no es bueno. Nuestras universidades no aparecen en ninguno de los principales ránkings de calidad del mundo, y no se trata de que son “listas imperialistas sometidas a los poderes económicos” – hay varias chinas, por ejemplo – sino de que esencialmente los docentes, salvo honrosas excepciones, han renunciado a ejercer su papel transformador y se limitan a administrar clases, entregar apuntes, tomar exámenes, dar calificaciones y tratar de no meterse en problemas sin más. Lo del aprobado general es más común de lo que se cree.

Demasiadas veces se culpa solo al estamento estudiantil del estado de la universidad pública como una extensión de la crítica general a la que las sociedades conservadoras somete a sus jóvenes por el mero hecho de serlo olvidando los antecedentes. Es evidente que quienes más deberían estar sacando la cara por las universidades son los docentes, y esto no supone salir a marchar cuando toque, sino mejorar las currículas educativas, hacer investigación, publicar y ser exigentes, sí, porque la exigencia es un valor que se ha perdido en general a todos los niveles educativos confundiendo tolerancia con el mismísimo camino a la mediocridad.

Que un estudiante de 52 años sea el representante de los alumnos evidentemente es una falla del sistema. Que lo haga además teniendo un expediente académico catastrófico es intolerable. Todo el mundo tiene derecho a estudiar cuando tiene tiempo para hacerlo, pero nadie puede convertir en profesión la permanencia en una universidad que además pagamos entre todos.

En 2006, con los bríos de la victoria aún intactos, el MAS ponderó intervenir a fondo en las universidades para cambiarlas, para que fueran vanguardia por el cambio y no simples geriátricos de viejas glorias, pero lo cierto es que pronto renunció a ello y mantuvo el status quo, buscando otras formas de estar presente en las decisiones clave y en el control de los recursos. Las fallas de la autonomía. La renuncia de entonces se ha convertido en la impotencia de ahora, en la inutilidad.

Es urgente intervenir en aspectos concretos y también un cambio general. Ojalá alguno de los autorizados sea capaz de hacerlo.


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