Industrializar para los malos tiempos: el ejemplo de la urea
Con los precios de los fertilizantes disparados por la guerra, el Gobierno se dispone ahora a completar la cadena de industrialización del gas en su vertiente agroalimentaria
Es una pena que para que algunos se convenzan de la necesidad de industrializar nuestro propio gas tengan que suceder catástrofes mundiales y guerras impiadosas ya que esta es la única manera de evidenciar que los cálculos económicos ideales del mercado perfecto del liberalismo apenas funcionan cuando sometes ese mercado a las normas vitales del discurrir diario.
Hasta hoy en ciertos foros siguen aborreciendo la planta de urea en el corazón del Chapare por argumentos de lo más peregrino, como que se encuentra lejos de las fronteras o como que el gas es insuficiente, como si no se pudieran pensar las empresas estratégicas pensando en el productor boliviano y no en el comprador externo o como si hubiera que subordinar nuestros intereses de industrialización al gas sobrante de la exportación y no al revés.
Afortunadamente, con los últimos acontecimientos se ha caído el argumento del precio, pues a menudo solían hacer proyecciones comparando el precio de la tonelada de urea a pie de planta rusa con un supuesto precio de producción en Bolivia con su transporte y todo hasta China, magnitudes diferentes comparadas con el único interés de ensuciar cualquier intento nacional de emplear nuestras potencialidades.
Con la que está cayendo ha sido el propio Presidente el que ha anunciado la instalación de una planta de fertilizantes, que viene a ser el último eslabón de esa cadena industrial que nace del gas y se convierte en abono.
Sí, cabe preguntarse por qué no se completó este último eslabón antes, algo que evidentemente hay que investigar, al igual que los precios definitivamente pagados en la construcción y cualquier otra irregularidad que pueda ensuciar el proyecto, pero no por ello se debe denostar la concepción del proyecto que en tiempos de crisis y escasez va a solucionar en mucho las estrecheces de los grandes productores bolivianos.
Dados los antecedentes, no es difícil imaginar que con la planta de propileno y polipropileno que debía instalarse en el Chaco fuera a pasar lo mismo: desde siempre, los peones del antinacionalismo en Bolivia han insistido en que la inversión era inútil y que no había mercado, sin jamás plantearse las necesidades para el mercado interno ni la posibilidad de que el mercado ideal cambiase.
Las últimas regulaciones occidentales vienen prohibiendo el uso del petróleo a todos los niveles de la cadena, mientras el gas natural afronta una nueva etapa dorada. El propio uso del plástico va adecuándose al nuevo escenario de la sostenibilidad. La cadena de suministros y sus precios va evolucionando y adecuándose a un mercado más exigente, pero voraz… y en Bolivia seguimos cruzados de brazos creyendo que esa batalla no es nuestra y que lo único que podemos hacer es entregar todo el gas a Brasil o Argentina para que jueguen lo nuestro.
Es curioso que se haya perdido la perspectiva nacionalista precisamente en los últimos 20 años, donde además los precios internacionales altos permitían enfrentar inversiones de futuro. Se hizo tan poco y aún así, el ejemplo sirve.


