La necesidad del Banco del Sur
Lula vuelve a recuperar el proyecto de integración monetaria regional para darle contenido y presencia política mundial a un continente que requiere ser dueño de su destino
Aunque queda un mundo para las elecciones brasileras a final de año, la trascendencia de estas en la región ya se empieza a sentir. Si nada lo impide, y eso es mucho especular en un país como Brasil, el duelo a finales de año será entre Jair Bolsonaro y Lula da Silva, el actual presidente contra el predecesor que lo engendró en el imaginario de los brasileros.
Y es que a nadie se le escapa que lo de Brasil, en términos idílicos, es un duelo entre la ultraderecha conservadora y el socialismo revolucionario democrático, aunque ambos han resignado buena parte de sus marcos ideológicos de referencia para convertirse en opciones electorales más sólidas:
Jair Bolsonaro pasó del militarismo xenófobo nacionalista a unas posiciones neoliberales dóciles tanto con Trump como con Putin y su tarea se ha limitado a garantizar el expolio de la Amazonía mientras Brasil perdía peso en el mundo.
Por su parte, Lula viene transitando del obrerismo utópico al posibilismo socialdemócrata eligiendo socios fiables para el sistema en el que él mismo quedó soldado a fuego tras ventilarse todos los escándalos de corrupción por los que ha sido exonerado, pero que no podrán ser borrados.
De entre todas las propuestas que se vienen delineando en estos días de precampaña, ya frenética, Lula ha sacado a relucir la propuesta de la moneda común, el Sur, que viene a ser algo así como el elemento visible de la propuesta de integración latinoamericana anhelada a principios de siglo, el Banco del Sur y el resto de mecanismos que tenían por objeto reivindicar la existencia como sujeto político de la Patria Grande Latinoamericana y que acabó frustrado, entre otras cosas, por la falta de arrojo de los dirigentes políticos de la época.
La simple recuperación de la idea en este momento de la encrucijada mundial ya invita a la reconsideración de la coyuntura, pues sin duda alguno el mundo se mueve a velocidades vertiginosas, mientras Sudamérica pasa a ser uno de los rincones del mundo más poblado y más estratégico, pero a la vez absolutamente irrelevante políticamente.
El proyecto del Banco del Sur consistía esencialmente en recuperar las reservas internacionales depositadas en los grandes bancos triple A de las potencias hegemónicas y depositarlas en un banco controlado por los Estados Sudamericanos que básicamente se dedicara a financiar su desarrollo a tasas similares a las que occidente ha venido disfrutando desde el fin de la II Guerra Mundial. Un proyecto que básicamente habla de soberanía, de solidaridad regional, de cooperación para el desarrollo en serio, es decir, a través del comercio justo, de industrialización y de formas de negociar con dignidad en el mundo.
¿Por qué no se ha hecho antes? Probablemente esa es la gran pregunta que deberían hacerse los mandatarios de inicio de siglo, que dudaron en la implantación del proyecto hasta que la realidad les acabó devorando: Sudamérica sigue quedándose atrás mientras los bancos AAA usan nuestras reservas para financiar proyectos de occidente.
Probablemente habrá tiempo de ajustar cuentas sobre el pasado, aunque sin duda lo más emocionante por el momento es precisamente mirar el futuro y creer que las cosas pueden hacerse de otra manera.


