¿Qué lejos está la ultraderecha de Bolivia?

Hasta hace no mucho, el asunto de la ultraderecha se asimilaba a un fenómeno político que aglutinaba a blancos normalmente privilegiados, pero en su expansión incorporó el racismo interno

Hoy se celebra la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, una cita en la que se disputan el poder el presidente Emanuel Macron, un liberal de manual con tintes autoritarios que se desgajó del Gobierno del socialista Hollande cuando percibió la crisis de los grandes partidos, y Marine Le Pen, heredera de la ultra derecha más filonazi que representaba su padre, pero que ha logrado evolucionar el discurso extremista hacia posiciones más modernas y no por ello menos radicales.

El mundo entero contiene la respiración porque a Macron no le ha funcionado la estrategia sobradora que implementó por la irrupción de la guerra en la primera vuelta, donde no llegó ni al 30%, pero tampoco le está funcionando la estrategia del voto útil en esta segunda vuelta, y en esas es posible que la Francia se de un vuelco a sí mismo, un remezón que acabe con la deriva por inercia del neoliberalismo socialdemócrata, y meta a un antisistema como Le Pen en el corazón de Europa en plena amenaza rusa.

Lo cierto es que Francia está lejísimos de Bolivia, nuestros lazos de amistad y cooperación son prácticamente inexistentes más allá de la elitista Alianza Francesa y los encuentros diplomáticos son básicamente protocolares, con intercambio de selfies para las redes que siempre aumentan el tráfico, sin embargo, el auge de la ultraderecha no es tan ajeno y conviene tomar nota de lo que allí pasa.

Hasta hace no mucho, el asunto de la ultraderecha se asimilaba a un fenómeno político que aglutinaba a blancos normalmente privilegiados y básicamente era excluyente con los aspirantes a cambiar las reglas y con aquellos que se atrevieran a reivindicar un mundo mejor para todos. En ese fenómeno conservador, el asunto de la raza se fue acomodando a otras realidades territoriales, pero conceptualizando de forma similar los precursores del enojo, que finalmente hacen de disparador electoral: mientras la ultraderecha occidental culpa a la migración de los fracasos de los “auténticos”, en contextos latinoamericanos se exacerba el racismo interno entre las capas más bajas, mientras se cuestiona la institucionalidad propia del Estado. Es básicamente lo que catapultó a Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil.

En Bolivia la derecha tradicional ha sido incapaz de armar un proyecto diferente al del Movimiento Al Socialismo (MAS), pero ya hay grupos de opinión trabajando en crear las condiciones para un desembarco de una derecha extrema: cuestionar la legitimidad del Estado, de todas las elecciones, trabajar el concepto de élite o casta, definir a los privilegiados versus a la gente normal y construir nuevas épicas, como la de reivindicar la colonia, son asuntos elementales. Veremos si la coyuntura electoral y la gestión de Arce le acaba dando alas para que se despliegue una alternativa de ese tipo en un país donde muchos hicieron ensayos de tipo político. Hasta entonces cabe no olvidar lo sucedido en 2020, cuando sujetos sin legitimidad democrática se arrogaron la representación popular para perseguir y amenazar a quien se les pusiera enfrente, y acabaron huyendo con las maletas llenas.

Destacado: Cuestionar la legitimidad del Estado, de todas las elecciones, trabajar el concepto de élite o casta y construir nuevas épicas, como la de reivindicar la colonia, son asuntos elementales para la ultraderecha


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