Bolivianos somos todos
Hay claras diferencias entre la reivindicación cultural que enriquece a la nación boliviana, y los movimientos interesados que buscan disolver la soberanía nacional en sujetos políticos supuestamente ancestrales
Parte de la reciente e interesada discusión renovada sobre el asunto de la “autoidentificación indígena” que se incluirá en la boleta censal ya se dio en 2012 y también en 2001.
En 2001, cuando las ONG campaban a sus anchas por el país, se “logró” que un 62 por ciento de la población se “autoidentificara” como indígena, lo que dio mucha fuerza política posterior concretamente al Movimiento Al Socialismo, porque era la fuerza que genuinamente los representaba frente a todas las opciones tradicionales.
En 2012 el asunto fue muy diferente, aunque los actuales “opositores” parecen haberlo olvidado. Los autoidentificados como indígenas bajaron en esa ocasión a poco más de 2,8 millones de la población, lo que representaba un 41 por ciento de los mayores de 15 años censados.
Después de todo lo vivido en los últimos años es una incógnita cuántos ciudadanos podrán “autoidentificarse” como indígenas en 2022, pero nada parece indicar que vaya a crecer.
En este contexto se viene desarrollando el falso debate sobre “los mestizos” en Bolivia, que básicamente tiene una intención estratégica: minar la credibilidad del proceso a como dé lugar y restarle legitimidad, algo a lo que contribuyen absurdamente personeros del gobierno de la talla de la Ministra de Planificación, afirmando cosas como “la mayoría de los bolivianos es indígena” cuando los datos del último censo indican lo contrario.
Reconocer el mestizaje como sujeto político boliviano elemental y la unidad de lo indo mestizo como pilar elemental de la izquierda nacional fue uno de los planteamientos del pensador Andrés Soliz Rada, quien desde la reflexión marcó claras diferencias entre lo que supone la reivindicación cultural que enriquece a la nación boliviana, que es lo que nos une, y los movimientos interesados que buscan precisamente disolver la soberanía nacional en sujetos políticos supuestamente ancestrales que, finalmente, resultan más fáciles de doblegar por los grandes intereses transnacionales.
Las contradicciones del MAS en su interpretación del poder indígena no han dejado de amenazar la estabilidad del país, sobre todo desde aquella ola reivindicativa impulsada por las ONG surgidas al calor de los fastos del quinto centenario de la invasión de América y a las que Soliz Rada dedicó mucho tiempo y esfuerzo en desenmascarar, dejando en evidencia las acciones emprendidas dedicadas a socavar la unidad nacional más que a reparar los excesos cometidos por los europeos en estas tierras. Cuando algunos en el MAS se dieron cuenta de los riesgos de esta política, ya existían suficientes focos de tensión creados en el país, desde el Aguaragüe al Tipnis pasando por Charagua, donde las reivindicaciones locales afectaban de pleno al interés nacional, que demasiadas veces era diluido.
El censo de Población y Vivienda de este 2022 debe servir para que Bolivia se dote de mejores elementos de planificación, para que se conozca y se reconozca mejor a sí misma, para conocer sus carencias y sus urgencias y también su riqueza cultural. Por lo demás, entrar en discusiones sobre la obviedad que resulta el mestizaje en el país, envolviendo consignas políticas muchas veces clasistas y racistas en ellas, no aporta nada.


