Contrabando, ahorro y precariedad laboral

Con las industrias precarizadas después de dos años de angustia pandémica y los trabajadores en la cuerda floja, el empleo sigue siendo el talón de Aquiles de las estadísticas

En plena crisis económica mundial, en Bolivia se insiste en los buenos datos económicos y en el crecimiento desaforado. Es tal el afán por dar buenas noticias que incluso los datos de la inflación o los de los depósitos récord son dados como positivos, tal vez abusando de la candidez de los interlocutores, mientras que, en el extremo opuesto, cualquier cosa se interpreta como negativa.

Lo cierto es que el dato de la inflación, siendo el más bajo de todo el continente en un momento en el que en todo el mundo se están marcando récord no es algo que debería dejarnos indiferentes. Los expertos hablan de estanflación, y es bueno recordar que este proceso ya se estaba llevando a cabo antes de que Rusia consumara sus amenazas e ingresara en territorio soberano de Ucrania. La causa, explican, tiene que ver con un momento de recuperación alta de la demanda, pero no de la oferta, pues la pandemia arrasó con las lógicas del mercado convencional y puso en riesgo la continuidad de muchas empresas, que suspendieron o redujeron su producción, o directamente cerraron, como en el caso de Bolivia donde el apoyo a las empresas fue prácticamente inexistente en todo el 2020.

La causa de que la inflación se mantenga baja en Bolivia, señalan esos mismos expertos, tiene que ver con el contrabando, es decir, con el ingreso indiscriminado de mercadería por todos los poros, algo que al ultraliberalismo le parece estupendo, pues es el mercado puro operando al margen del Estado, sin pagar impuestos, ni carreteras, ni peajes, sino solo a las mafias, mientras que a los que defienden un Estado más fuerte que redistribuya la riqueza recuerdan que ese mismo contrabando es el que destruye cualquier iniciativa productiva en el país, que condena a los jóvenes a no madurar, a depender del comercio o, directamente, engrosar esa misma cadena de los negocios ilegales por su parte más vulnerable. De esto se sabe mucho en Tarija y todos sus kilómetros de frontera.

En la misma línea, que crezcan los depósitos en el país es más bien un sinónimo de prudencia por parte de las familias y los inversores, que lejos de apostar por invertir mantienen los dineros depositados en los bancos a la espera de mejores oportunidades. Que crezcan los depósitos es un sinónimo de paralización, no de dinamismo, algo que sin embargo no parece preocupar demasiado en el Gobierno, a pesar de que la inversión pública no sea ni de lejos la de hace cinco años.

El efecto se tiene en el empleo, aunque las estadísticas nacionales tengan trampa, pues cuentan ocupados en general sin tener en cuenta la calidad ni la cualificación de esos trabajadores, y en un país en el que nadie se puede permitir no tener ingresos, el pleno empleo está prácticamente garantizado, aunque como sea el caso, sea en condiciones de informalidad, que vuelve a hacer el círculo infinito: menos industria, menos trabajo, menos inversión, menos proyectos de futuro, etc., etc., etc.

Ojalá en un moderado corto plazo seamos capaces de priorizar el empleo por encima de todo, llegar a un gran pacto nacional que garantice la productividad, la eficiencia y la competitividad y permita tener más empleos, con mayor poder adquisitivo y mayor seguridad bidireccional. Lástima que esto no acabe de preocupar precisamente a los que deberían ocuparse de ello.


Más del autor