La rebelión de los países pobres
La pandemia y la posterior guerra ha dejado más patente que nunca que los países ricos velan sustancialmente por sus intereses y reparten las sobras
Dejando claro que cualquier invasión a estas alturas de la vida es intolerable y dejando a un lado los argumentos trasnochados de la reedición de la Guerra Fría que nada tienen que ver con la Rusia de Putin de hoy, la crisis bélica está precipitando el surgimiento de un nuevo orden mundial, esta vez sí, de carácter multipolar y sin complejos, algo muy valioso a estas alturas de la escalada.
Y es que Ucrania se enfrentó a Rusia anteponiendo las nuevas amistades con la UE – que quería su tratado de libre comercio – y Estados Unidos – que quería los misiles del escudo en las puertas de Moscú – a los lazos ancestrales que les unían, pero a la hora de la verdad, para los ucranianos debe ser tan doloroso saber que sus primos lejanos están al otro lado del frente como escuchar a la OTAN bravuconear con que “si tocan a un aliado, respondemos todos”, ya que básicamente suena como: “pero que a los ucranianos les parta un rayo”.
Es tal vez la gota que ha colmado el vaso, la que ha disipado el miedo, aunque siga suponiendo una condena más o menos rotunda a la apuesta por la resolución de los conflictos por la fuerza. Hasta ahora se venía lidiando con la doble vara de medir, con las diferencias de tono y trato que llevaron a intervenir en países como Irak o Libia y no hacerlo en Yemen o Túnez, o a apoyar la caída de Mubarak en Egipto para reponer otra dictadura militar servil y guardiana del canal de Suez inmediatamente después de que los Hermanos Musulmanes tomaron el poder por la vía democrática.
El asunto tiene que ver con el bolsillo y con la solidaridad. Con los modelos más o menos respetuosos. La pandemia no nos hizo mejores, pero la avaricia con que los países ricos acapararon todas las vacunas, incluso comprando cuatro veces más que su propia población, al menos, sirvió para desnudar de qué está yendo este nuevo siglo.
Se lo dijo el otro día el ministro de Asuntos Exteriores Indio al Secretario de Estado norteamericano cuando este le presionaba para que no aumentara su comercio exterior con Rusia: “No ha aumentado significativamente – triplicó las compras de petróleo -, calculo que todo lo (comprado) del mes es lo que gasta Europa en una tarde”. Y es que sí, mientras los medios hegemónicos occidentales hablan de la asfixia a Rusia como forma de hacer caer al Gobierno de Putin, la realidad recuerda que no solo Europa sigue abasteciéndose de gas y petróleo ruso, que ha quedado al margen de las sanciones (la reducción de compras de la que se alardea ahora tiene que ver con el inicio de la temporada estival en Europa), sino China, India, toda África y prácticamente toda América del Sur y Asia, es decir, el 70% de la población mundial.
Lo cierto es que no hay ninguna hegemonía moral que pueda exigir a los países más pobres hacer sacrificios en nombre de nadie, peor si quien pide no se aplica. Es la economía. Es el modelo del capitalismo que ganó la Guerra Fría y que sigue esquilmando los países más débiles.
América Latina no debería tardar en fortalecer sus propios instrumentos de coordinación interna e integración, porque los bloques ya empiezan a chocar, y es evidente que, desunidos y enfrentados, siempre nos ha ido mal. Aprendamos de los errores, que estamos a tiempo, pero apremia.


