Las deudas con la Infancia
Programas para la conciliación, para que las familias puedan compartir más con sus hijos, garantizar el acceso tecnológico, la alimentación y el vivir bien son asuntos en agendas sociales a los que los políticos no les encuentran espacios
No hay dudas de que ha sido el colectivo de la infancia el que más ha sufrido en estos dos años largos de pandemia que todavía no han terminado. Lo ha sido a nivel mundial y también a nivel particular en Bolivia, principalmente porque la primera medida que se tomó contra el virus fue cerrar las escuelas, y prácticamente la última, el reabrirlas, a pesar de que todos los informes médicos e investigaciones coincidían en que el colectivo no era ni mucho menos el más vulnerable, sino todo lo contrario. La tasa de mortalidad por Covid-19 de los niños sanos a nivel mundial tiende a cero y prácticamente nadie presentó síntomas prolongados.
El daño es seguramente irreversible en términos educativos, pues la educación virtual a la que se les ha sometido ha distado mucho de tener un mínimo estándar de calidad y la mayoría ni siquiera ha tenido la posibilidad de seguirlo por los altos costos. Por ende, apenas en áreas rurales con maestros comprometidos se ha podido seguir un ritmo más o menos normal de aprendizaje.
La traducción de estos dos años sin clase, que difícilmente podrán recuperarse, son puntos de crecimiento económico perdido según respaldan informes de la Cepal: están llegando estudiantes a niveles universitarios y técnicos superiores con muy pobres conocimientos científicos y filosóficos y con muy poca capacidad de pensar por sí mismos.
El daño también es grande a nivel social y emocional. Niños con necesidades vitales de movimiento y expansión se han visto recluidos por varios meses a la frialdad del domicilio. Después a la negación del contacto físico con pares, a la advertencia, a la generación de miedos al contacto y al contagio, para después ver cómo todo eso se deshacía y todo volvía a la normalidad medio a escondidas, menos sus colegios. Los psicólogos advierten de que seguramente se haya formado la generación más débil de la historia, sin habilidades para relacionarse y con temor a desarrollarse en el entorno.
Ahora, todo esto ya es pasado y sirve de poco lamentarse sobre lo que pudo hacerse y no se hizo, más bien los poderes públicos, ejecutivos y legislativos, deberían ocuparse en buscar formas para compensar el daño hecho, pero nadie parece tener demasiada voluntad en ello.
De inicio, parece imprescindible revisar la Ley Avelino Siñani, que quedó obsoleta sin apenas desarrollarla, y ponerse a pensar en serio una reforma educativa que acelere los procesos, porque nuestros jóvenes no solo tienen que alcanzar el nivel exigido, sino compensar el tiempo perdido.
Programas para la conciliación, para que las familias puedan compartir más con sus hijos, garantizar el acceso tecnológico, la alimentación y el vivir bien son asuntos en agendas sociales a los que los políticos no les encuentran espacios, seguramente porque hace tiempo que están desconectados de los problemas reales de la calle.
Ojalá este Día del Niño no sea solo de palabras huecas, sino que alguien recuerde que es la infancia nuestro único tesoro, el único que puede lograr que este país crezca de verdad y cambiar la Historia.


