El debate huido de los transgénicos en Bolivia

Tanto el gobierno de Morales como el de Áñez fueron abriendo espacios a los cultivos transgénicos y las protestas se han ido apaciguando con el paso de los meses

El 8 de abril se conmemora transversalmente en una gran cantidad de colectivos activistas el Día Internacional de oposición a los Alimentos Transgénicos, un asunto que pasa por ser uno de los grandes debates de nuestro tiempo y que en Bolivia ha sido básicamente ignorado.

Muy lejos quedan ya los discursos iniciales del Movimiento Al Socialismo respecto a los derechos de la Madre Tierra y toda la filosofía que lo soportaba, hablando del equilibrio y del respeto profundo a la vida natural. El negocio, básicamente, se ha ido imponiendo de a poco en el país y saltándose las propias regulaciones nacionales, bien de forma encubierta, bien a través de nuevas regulaciones que, en ocasiones, son atentatorias contra la propia Constitución.

Los cultivos transgénicos son rechazados en muchos mercados occidentales del mundo, particularmente en Europa y Estados Unidos, aunque estos últimos si tienen permitido su uso para determinadas prácticas. En Bolivia, poco después de las proclamas, se vio lo inviable que llegaba a resultar. Y es que el problema de fondo es que los expertos debaten sobre la capacidad del planeta de resistir al avance imparable del ser humano, que se estima llegará a 10.000 millones de personas en el año 2050, sin que nadie sepa que podrán comer toda esa cantidad de personas.

Los grandes cultivos de soya, maíz y caña de azúcar copan ya inmensas extensiones de terreno en las llanuras de Santa Cruz y Beni y la torta de soya es ya uno de los principales productos exportados por el país, ya pugnando con los mayores exportadores del sector tradicional como la minería y el gas natural. La inmensa mayoría es semilla de origen transgénico.

Lo cierto es que el MAS empezó a abrir la mano con la excusa del biocombustible y las plantas de etanol. Continuó el Gobierno de Áñez, permitiendo el uso “experimental” de estas semillas en determinadas producciones, manteniendo la prohibición para la papa y el maíz, ya que Bolivia es uno de los países con más variedades del mundo, por lo que en esos casos se ha visto por conveniente no tentar a la suerte.

El problema con la semilla transgénica suele ser el uso de pesticidas y fungicidas muy fuertes que afectan a todo a su alrededor, salvo a la propia semilla, lo que da cuenta del riesgo. Ese uso indiscriminado acaba agotando rápidamente la capacidad productiva de la tierra, lo que “obliga” a la rotación de cultivos y a la práctica del chaqueo.

En Bolivia hay un riesgo más, que se conoce con el eufemismo de “ampliación de la frontera agrícola” y que traducido es básicamente el desmonte de áreas boscosas para dedicarlas, de nuevo, a la agricultura extensiva con semilla transgénica en una tierra que en poco tiempo volverá a arruinarse.

Aunque algunos hayan olvidado sus reivindicaciones, el debate todavía sigue pendiente en el país.


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