La Verde y lo posible

Difícilmente llegaremos a un Mundial si antes no tenemos buenos equipos sub 15 y sub 17; y no tendremos buenos equipos si ponemos a los niños a competir sin entender siquiera la mecánica del juego

En Bolivia, como en casi todos los países de América y también de Europa, el fútbol se convierte en demasiadas ocasiones en un asunto de Estado. No es racional. No puede serlo en un país en el que el torneo local es rudimentario y una sucesión permanente de gradas vacías, jugadores impagos y clubes en bancarrota, mientras los aficionados sospechan de cada dirigente que se acerca a un club o, sobre todo, a la Federación.

El estado de frenesí es tal que, aún sin haber ganado nada sustantivo ni haber tenido experiencias positivas de ningún tipo desde hace 30 años, cada partido de la Verde renace no solo la ilusión, sino una suerte de patrioterismo que exalta cuando gana, que es pocas veces, y que hunde en piso cuando pierde. Abundan entonces expresiones dolorosas y flagelos impropios que canalizan mucha frustración y en muchos casos, ese sentimiento antinacional arraigado e irrigado desde la tierna infancia victimizándose por las derrotas.

La cuestión es que una eliminatoria más, y van siete, la Verde no consiguió el pasaporte al Mundial, que puede ser hasta cierto punto normal en un continente que es cuna del balompié y envidia de los poderosos clubes europeos, y donde todos los países se han fortalecido, pero que por las formas ha resultado un final calamitoso.

Y es que tal vez nunca habíamos llegado a las fechas finales con opciones casi intactas de clasificar. Brasil y Argentina apenas cedieron puntos y Chile, Colombia y Uruguay atravesaban crisis generacionales importantes. Ganando en Caracas y ganando en La Paz en aquella fecha de enero se podía haber optado a todo, pero se perdieron ambas, y comenzó la histeria.

Seguramente los aficionados exigen demasiado. Somos el país con la peor liga local y prácticamente sin jugadores militando en el extranjero, no hay superestrellas salvo un Marcelo Martins, que ya se acerca al ocaso de su carrera, que tampoco logró un salto a Europa seguramente muy merecido. Con el fracaso viene la catarsis: cargar contra el DT, contra los jugadores y finalmente, contra la Federación, que no dan con la tecla, y tal vez ni lo intentan. El fútbol no tiene paciencia, y seguramente es lo que más necesita el fútbol boliviano en este momento.

Difícilmente llegaremos a un Mundial si antes no tenemos buenos equipos sub 15 y sub 17 que lleguen a las instancias finales en sus torneos internacionales; y no tendremos buenos equipos si ponemos a los niños a competir sin entender siquiera la mecánica del juego mientras penalizamos el trabajo constante. Y es que no se trata siquiera de colocar a alguien al frente de la Verde con potestad sobre las inferiores y diez años para desarrollar su trabajo. Más bien se trata de la necesidad de un cambio total en la mentalidad de las nuevas generaciones, de cultivar los valores del esfuerzo, la perseverancia, la solidaridad y la dedicación.

Nadie debería creer que clasificar nunca más será posible, pero nadie debe creer que algún día se clasificará por suerte. Hay que trabajar para hacer los sueños de Bolivia posibles, y esto no solo tiene que ver con el fútbol.


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