La soledad de Ucrania

Ni la OTAN ni la UE están dispuestos a dar un paso más que mandar armas para que los ucranianos se maten entre ellos, lo que deja muchas lecciones que aprender a los terceros países

Después de un mes de guerra en Ucrania, las pasiones se han enfriado bastante y los bloques se han consolidado. Son tres.

Por un lado, el bloque ruso, que está conformado básicamente por Rusia y si acaso, Bielorrusia, porque prácticamente nadie es capaz de justificar una invasión unilateral de un país cien años soberano – aunque integrado en la URSS y creado por mandato de su líder original, Vladimir Lenín -. Ni siquiera China, que todo el tiempo calcula en toneladas de trigo y aceite, y porque sí, todos los países siguen haciendo negocios con Rusia a pesar de las cacareadas sanciones salvo los anglosajones, porque sí, la guerra la está financiando la Unión Europea que sigue comprando el gas a Rusia.

Por otro lado, están esos, los países anglosajones y la Unión Europea y que se resumen en los intereses de Estados Unidos. Joe Biden ha abierto un mercado magnífico para su gas exigiendo a sus aliados que obviamente dejen de comprar en Rusia, porque por donde se lo mire suena ridículo. Europa gastará un 40 por ciento más en llevar gas en metaneros en vez de utilizar los ductos rusos. Este bloque, esencialmente, se caracteriza por considerarse el mundo entero, anunciar permanentemente el estrangulamiento económico de Rusia – mientras Rusia se da el gusto de exigir que le paguen en rublos – y por desplazar multitud de tropas a países que no están en el conflicto, como Alemania o Polonia, y que nunca lo estarán, como insisten en dejar claro en cada reunión.

Después está Ucrania, sola, cargando con un problema que le generaron las ambiciones desmedidas de unos pocos con su tratado de libre comercio con la UE, que beneficiaba básicamente a la UE, y su convenio de cooperación militar con Estados Unidos, que beneficiaba a la OTAN, ya que se frotaba las manos pensando en colocar misiles “defensivos” apuntando a Moscú en su misma frontera en un país que además, al no ser OTAN, no tendría que defender nunca, y al que el radicalismo de la ultraderecha, que en política suele ser muy útil para tapar las incapacidades propias, lo ha llevado a unas dinámicas peligrosas, pero que no deja de ser un poco todos los demás: el escenario bélico de operaciones entre dos potencias que se disputan el poder, pero a las que les importa muy poco precisamente arrasar ese escenario y todo lo que haya dentro.

La cruda realidad ha dejado al presidente ucraniano desprovisto de cualquier fuerza en la mesa de negociación, y tras renunciar al ingreso en la OTAN ya empieza a plantear negociar un estatus de neutralidad general, y seguramente pronto incluya el reconocimiento de la autodeterminación de Crimea y la zona del Donbás, que básicamente son las exigencias rusas desde el comienzo, aunque veremos si es lo suficiente.

Aún es pronto para sacar conclusiones, pero lo que viene quedando claro es que la economía transnacional amenaza demasiado a menudo la soberanía nacional, lo propio los intereses geoestratégicos que mueven el día a día, y que las alianzas son complejas entre naciones que no comparten intereses, ni valores, ni realidades, ni tienen continuidad social, porque al final, el pequeño solo sirve al grande y no al revés.


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