La Hora del Planeta con inflación

La energía limpia no es barata, y no lo es por diferentes causas, principalmente porque los dueños de la tecnología no quieren que lo sea. En este caso da igual que lo compren particulares o Estados, porque al final lo acaban pagando los ciudadanos

Este año La Hora del Planeta se celebra en un contexto de alta tensión precisamente por los precios de la energía, disparados a nivel mundial desde mucho antes de que empezara la invasión a Ucrania por motivos a veces evidentes pero difíciles de reconocer: luchar contra el cambio climático es caro.

Las grandes transnacionales no se han andado por las ramas, y desde el pasado invierno se vienen cebando primero con Europa, que al final es el “paladín” de este cambio cultural que entre cumbre y cumbre pretende imponer, pero por supuesto no pagar, y en cualquier caso, es cuestión de tiempo que las tensiones se trasladen a todo el mundo, más con el impacto de la guerra.

La cuestión es que los Acuerdos de París, desarrollados en las siguientes COP, implican el abandono definitivo de los combustibles fósiles en un corto espacio de tiempo a excepción del gas, lo que ha conseguido evidentemente que el gas se dispare, pero también todo lo demás. Es un espectáculo ver cómo los dueños de las patentes de los nuevos formatos se frotan las manos imaginando placas solares y molinos de viento por todo el chaco sudamericano, o por toda la cordillera andina, mientras los grandes bancos multilaterales ofrecen financiación a “bajísimas tasas” en el continente que menos ha contribuido a la destrucción del planeta después de África.

No es este un editorial negacionista, por si acaso, pues el cambio climático es una realidad cotidiana de cada día que nos amenaza hasta en lo más concreto entre lluvias torrenciales, calores achicharrantes en toda Tarija, dengue en cualquier barrio y pérdida de glaciares en las cumbres, pero sí una reflexión sobre el costo último que alguien acabará pagando.

Y es que la energía limpia no es barata, y no lo es por diferentes causas, principalmente porque los dueños de la tecnología no quieren que lo sea. En este caso da igual que lo compren particulares o Estados, porque al final lo acaban pagando los ciudadanos directa o indirectamente.

En Bolivia el precio del megavatio no está especialmente subvencionado a pesar del monopolio que el Estado ejerce con Ende en la generación y en el transporte, eso sí, hay una sobreabundancia de fraude en el uso del energético doméstico, comercial o industrial. Los planes del país para cumplir con París tampoco son revolucionarios: plantea construir centrales termoeléctricas a gas natural, pero de ciclo combinado, que contamina, pero menos, además, con voluntad de exportación, un proyecto ambicioso que requiere de un pequeño paso intermedio: descubrir más gas y crear una reserva energética para garantizar la inversión.

Este año La Hora del Planeta rompe expectativas. Ya no hay que hacer ningún esfuerzo para imaginarse el contexto de colapso. Ya no se trata de hacer un ejercicio de responsabilidad puntual. La energía eléctrica es un pilar esencial del desarrollo social que se ha convertido en un gran negocio del que los ciudadanos somos víctimas. Es urgente cambiar los modelos mundiales, y a eso hay que dedicarle muchas, muchas, muchas horas.


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