Un Defensor del Pueblo para el pueblo
En demasiadas ocasiones, el MAS parece hacer esfuerzos por mostrar que Bolivia no es una democracia normalizada, sino una dictadura funcional donde ni el Defensor del Pueblo puede apartarse del criterio
No ha empezado bien el proceso para elegir a un nuevo Defensor del Pueblo. No lo hizo durante el trámite parlamentario que lanzó la convocatoria, donde hubo hasta puñetes, y no lo ha hecho con las primeras postulaciones, en las que, con todos los respetos debidos, parece primar el espectáculo a otra cosa, y lo cierto es que la institución es lo suficientemente importante como para evitar la chacota.
Es posible que la institución se juegue su futuro con esta nueva designación, pues hace demasiado tiempo que ha visto transfigurada su misión y ha decepcionado a casi todos, sin embargo, todavía parece tener lugar dentro de la democracia boliviana.
El Defensor del Pueblo no tiene más poder que el que le conceden los micrófonos y su capacidad de saber utilizarlos. Es decir, en la teoría, la Defensoría es una institución independiente y con capacidad para elaborar informes y hacer seguimientos de casos donde se perciban claras vulneraciones de derechos por parte de los poderes públicos, sin embargo, su financiación limitada impide en demasiadas ocasiones llegar hasta el final de los asuntos.
A pesar de la teoría, el Movimiento Al Socialismo (MAS) se ha empeñado en convertir la institución en una oficina de gobierno más a su servicio, y por ahí ha ido desgastando la figura al contrataque, mostrando la incapacidad para asumir críticas y peor, hacer cambios a conciencia y enmendar los errores.
Nadia Cruz está siendo el último eslabón de una cadena de nombres que es corta, pero que tenía cierto sabor a independencia – aunque alguno se convirtiera en significado opositor - y rebelión, algo muy valorado entre los bolivianos, por naturaleza contestarios, pero con capacidad de sentarse a escuchar. Cruz llegó al cargo luego de que se descabezara la institución al forzar la renuncia de su antecesor, David Tezanos Pinto, quien después de varios episodios tórridos protagonizados con su pareja, acabó dando paso al costado. Posiblemente Tezanos, que saltó desde las dependencias gubernamentales de la Defensa Pública, nunca acabó de entender que el puesto requería mucho decoro. Por el contrario, Cruz, más discreta, parece no entendió el rol de fiscalización y se dedicó más a contemplar lo que hacía el Gobierno y seguir su línea en los casos más connotados que en ponerse en primera línea en algunos procesos donde claramente el pueblo estaba siendo avasallado, y ahí se lee desde la imposición de determinados proyectos en territorios indígenas hasta desastres no tan naturales donde la voz ha quedado embargada.
En demasiadas ocasiones, el MAS parece hacer esfuerzos por mostrar que Bolivia no es una democracia normalizada, sino una dictadura funcional. Pasa con la frustrada renovación de la Justicia, pasa con la discriminación de la prensa y, más simbólicamente, pasa ahora con la renovación de un organismo que, por definición, debe discrepar con el oficialismo para tener sentido.
El proceso recién ha comenzado. Ojalá entre todos los bolivianos seamos capaces de recuperar una institución que es necesaria como salvaguarda y contra toda forma de abuso e impunidad. Ojalá podamos tener un Defensor del Pueblo comprometido con su pueblo.


