El mar del siglo XXI

El mundo hoy está hiperconectado y se han encontrado soluciones tecnológicas para casi todo; las dificultades logísticas que implica la mediterraneidad deben ser abordadas con creatividad y eficiencia

Ni bien se perdió el mar de nuevo en 2018, esta vez en La Haya, se hicieron docenas de buenos propósitos. La resolución de la Corte Internacional de Justicia, que no consideró suficientes los argumentos de Bolivia para sentenciar una obligatoriedad de negociar a los dos gobiernos para lograr una salida al mar, que era básicamente lo que se pedía en una estrategia que fue de país y que apoyaron todos los expresidentes, algo que no hay que olvidar, nos devolvió a la cruda realidad.

Bolivia invirtió aproximadamente un lustro en esa última aventura judicial que parecía convencer, sobre todo por aquello de la perspectiva pacífica de la resolución de conflictos, pues la otra vía para recuperar el acceso soberano al mar sería la bélica, pero la CIJ opinó lo contrario.

El Gobierno de entonces recibió el fallo como acostumbraba, negándolo. Se aferró a una frase en la octava página en la que hacía alguna referencia a continuar dialogando y llegó a convencer a amplias capas de la sociedad de que no se había perdido, pero se perdió.

A pesar de ello, el volumen de esta jornada de la reivindicación marítima del 23 de marzo se ha bajado considerablemente, lo cual es un acierto comunicacional, pues, aunque el objetivo fuera la reivindicación, la deformación de la rutina hacía que las nuevas generaciones asuman que se “celebra” el Día del Mar el día que se perdió mientras ese espíritu derrotista se iba impregnando en el ADN.

Durante demasiado tiempo se ha inculcado la simplificación que supone explicar la pobreza de Bolivia por la pérdida del mar, y convertir la exigencia de su restitución en algo irrenunciable, que además lo contempla la Constitución, pero nunca se ha obrado en consecuencia. La última tibieza diplomática en Naciones Unidas, absteniéndose ante una invasión territorial ha acabado por destrozar el planteamiento.

Lo cierto es que las nuevas generaciones están cansadas de los lloros y los anhelos de sus ancestros. El mundo hoy está hiperconectado y se han encontrado soluciones tecnológicas para casi todo, mientras que las dificultades logísticas que implica la mediterraneidad deben ser abordadas desde la responsabilidad y la eficiencia empresarial. El problema es que todo acaba quedando como siempre en palabras y promesas.

De aquellos días salieron varias propuestas para revitalizar la hidrovía por el Paraná, que no se concreta; de aquellos días se hicieron también planes para abordar por fin la construcción de infraestructura propia en ese pedazo de playa donado en Ilo (Perú), que tampoco se concreta; de aquellos días salieron también bravuconadas sobre la no utilización de los puertos chilenos que simplemente siguen siendo utilizados en las mismas condiciones o peores que siempre, y lo único que realmente se ha hecho ha sido frustrar la puesta en marcha del ferrocarril La Paz – Arica por la oposición de los sectores afectados.

Sin duda es tiempo de pensar en el futuro y trabajar por ello, ya sin victimismos, sin anhelos, con altura de miras y creatividad, pero siendo conscientes de que hay que pensar más en las oportunidades del futuro que en los fracasos del pasado.


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