El gas, a la espera de la decisión clave
En este marco de guerra y precios elevados, Bolivia debe volver a evaluar sus propias capacidades dentro del mercado mundial del energético y hacer las apuestas pertinentes
Los precios de los hidrocarburos han vuelto a máximos históricos, por encima incluso de los promediados durante el “superciclo” 2012-2014, un alza que está vinculada a la guerra, pero que nadie pone las manos en el fuego porque el barril de petróleo vuelva a bajar a precios por debajo de los cien dólares, pues no se trata de un problema típico de déficit de producción, que no es el caso, porque Rusia sigue produciendo, sino de un contexto de cambio.
Rusia ha dado un puñetazo en la mesa, una vieja aspiración no solo de Vladimir Putin, sino de una generación de rusos que crecieron con la misma voluntad imperial de siempre, pero se vio frustrada por la caída del telón de acero. No se trataba solo de comunismo y capitalismo, sino de formas de estar en la tierra, y efectivamente, Rusia quiere pintar de nuevo en el tablero de un mundo multipolar que en realidad nunca ha funcionado.
En ese marco de tensiones, la provisión de materias primas seguirá siendo un elemento de codicia, pero, además, todos los planes de transformación de matriz energética y subordinación a las políticas verdes requería de una paz mundial que ahora mismo no existe. Nadie va a querer quedarse atrás ni mirar por las generaciones muy futuras cuando el mundo puede quedar arrasado en un calentón nuclear de alguno de sus nuevos sátrapas.
Quien mejor sabe de todo esto son precisamente las transnacionales del petróleo, que de por sí no estaban muy contentos con esas políticas de abandono progresivo de los combustibles fósiles, evidentemente, y que con seguridad están dispuestas a todo para evitar esa transformación.
En este marco, Bolivia debe volver a evaluar sus propias capacidades dentro del mercado mundial del energético y hacer las apuestas pertinentes. Con probabilidad sí existe ese mar de gas con el que especulaban los ministros de antaño, pero atrapados en las rocas de esquisto, igual que en Vaca Muerta, igual que en Pensilvania, lo que requiere una apuesta por las nuevas formas de extracción, que dicho en crudo es la fractura hidráulica, es decir, el temido fracking que amenaza los acuíferos del planeta.
En paralelo a esa ecuación, es necesario despejar otra incógnita: ¿Para qué quiere Bolivia aumentar sus reservas y su producción? Con Brasil y Argentina copadas por su propia producción y con el acceso al mercado mundial del gas en barco metanero dificultado, salvo que se logre una gran alianza con Perú, es preciso definir las inversiones en industrialización y procesamiento, pues no tiene sentido ser productor y a la vez, gastar ingentes cantidades de recursos en importar gasolinas y distribuirla subvencionada.
Probablemente estamos ante el último gran tren relacionado a los hidrocarburos en el país y lo que no se pueden demorar son las decisiones. Es preciso precipitar los debates y actuar rápido, pues ya van varios lustros perdidos. Ojalá alguien encuentre el coraje para hacerlo.


